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Empieza a leer 'Principio, medio, fin' de Valeria Luiselli

LA PRIMERA PARTE

(Levante)

MADRE
¿Qué es lo que te da
más miedo de la vejez, Ma?

ABUELA
Perder la mente.

HIJA
¿Esto es para una novela, Ma?

MADRE
No sé, no estoy segura.

HIJA
¿Por fin vas a escribir una novela
con principio, medio y fin?

ABUELA
Perder claridad.

 

ÍNDICE DE CONTENIDOS

En el principio eran una madre y una hija. Después, por ahí de la mitad, habría otras madres e hijas, algunos hombres, otras personas en general. Pero por ahora somos solo ella y yo, y un haz de luz entra a la recámara por la ranura entre las cortinas, y la luz cruza el aire humoso y espeso y pega en la cama, donde se esparce por las arrugas de las sábanas dibujando su silueta entera —pies, piernas, torso, cuello— hasta que se dispersa en su cara descubierta, y está dormida, y le toco la frente con la palma de la mano y la despierto.

 

EL MUNDO

Llevaba un rato buscando algo así como un nuevo comienzo. Injusto o extraño, quizás, pedirle eso al tiempo: la posibilidad de empezar, de empezar de nuevo. Lo único que tenía que hacer, o eso creía entonces, era responder a una pregunta: ¿cómo lo reinvento todo: nuestra historia, nuestras vidas cotidianas, nuestra forma de estar en el mundo? Por ahora íbamos a ser solo ella y yo.

 

FINITUD DEL MUNDO

Me hacía falta estar en otra parte, en otro momento de vida, lejos de donde estaba entonces. Había terminado un libro, luego un proyecto demandante grabando paisajes sonoros y testimonios en la frontera entre México y Estados Unidos, y después había pasado por un divorcio lento, difícil, enmarañado. Esa constelación —terminar, terminar, terminar— me había dejado como astronauta: circunflotando, encapsulada, ante todo ausente.
          Pasaron las semanas y luego los meses, la rotación incesante del calendario, pero me encontraba siempre como en el mismo sitio. Durante un buen tiempo después de esos finales, estuve trastabillando de un falso principio a otro. No había podido empezar a escribir nada nuevo, apenas notas dispersas, no había construido nada que se asemejara a una relación amorosa, no había encontrado esa sensación —que tantos y tantas describían— de que la vida, después de un final, vuelve también a empezar.

 

UNIDAD DEL MUNDO

Ahora, después de casi un año, el libro estaba por publicarse en varios países europeos, y yo había aceptado todas las invitaciones que enviaron a mi agencia. Incluso le había pedido a mi agente que por favor buscara más, lo que fuera: lecturas, conferencias, talleres, círculos de lectura. Un amigo opinó:
          Eres como esas personas que se comen toda la comida en el avión nomás porque es gratis.
          Saqué a mi hija de la secundaria unos meses antes del final del ciclo escolar y la registré como estudiante a distancia. Logré encontrar inquilinas ideales: una pareja de medievalistas canadienses. Se quedarían de abril a septiembre, pagarían a tiempo, cuidarían nuestras plantas, no se robarían mis libros. No le respondí nada a ese amigo, pero durante días, en mi cabeza, le estuve diciendo:
          Ya nada es gratis en los aviones, cabrón.

 

FORMA DEL MUNDO

Dos maletas: una gris, una verde. Nos fuimos de Nueva York cuando empezaba la primavera. El plan original: mudarnos de ciudad en ciudad, las veces que fuera necesario, de vida en vida, maletas ligeras, hasta que las cosas volvieran a caer en su lugar.
          Durante abril y mayo nos movimos cada dos o tres días, de un lugar a otro, hoteles casi siempre, pueblos chicos y ciudades, lecturas públicas, charlas, entrevistas. En Suiza y Austria, todos los lectores que asistieron a mis eventos eran octogenarios o septuagenarios, circunstancia a la vez conmovedora y un poco preocupante. Hubo estancias breves en París y Lyon, Varsovia, Estambul, Atenas, Londres y Berlín. En Múnich, una ginecóloga me extrajo un DIU. En un café en Praga, mi hija perdió una muela, la penúltima, adentro de un plato de sopa.

 

MOVIMIENTO DEL MUNDO

La observaba con atención, tal vez con demasiada atención desde que nos volvimos solo ella y yo. Sus comportamientos, un espejo extraño de mi capacidad o incapacidad para criarla. Adonde fuéramos, se compraba postales, escribía cosas en sus reversos, pero después se negaba a mandarlas por correo a nadie. No importa dónde estuviéramos, lo único que quería hacer era leer por su cuenta o jugar al ajedrez conmigo.
          En Berlín, le traté de enseñar a andar en bicicleta: imposible, pedaleaba siempre en reversa. Intenté no pensarlo como metáfora de nada.
          En un pueblo costero cerca de Ámsterdam, estuvimos un buen rato paradas en una playa, frente al mar gris, donde un grupo de adolescentes aprendían a nadar con zapatos. Cada que una ola se aproximaba a la orilla, los adolescentes se lanzaban contra la corriente, sus zapatos y botas visibles en la espuma de la superficie revuelta, sus patadas breves y veloces. La escena le pareció inquietante, y se negó a volver al mar durante semanas enteras después de eso.
          Unos días más tarde, en la Rambla del Raval de Barcelona, se puso a llorar desconsolada cuando vimos a una mujer, tal vez joven o tal vez vieja, posiblemente pordiosera, balbuceándole insultos a una pared. Cuando pasamos junto a ella, la mujer abrió una mochila y vació sus contenidos sobre la banqueta: un reguero de libros antiguos. Luego tomó uno, lo abrió, leyó unas palabras incomprensibles, nos volteó a ver directo a los ojos y con una sonrisa vaga, anunció:
          ¡Omnes fines mundi!

 

RAZONES DE SU NOMBRE

¿Qué es volver a empezar? ¿Dónde está el principio? Tal vez las cosas no caen nunca en su lugar, pero cuando llegó el mes de junio y terminé con todos mis compromisos de trabajo, y tomamos un avión que aterrizó una noche en el aeropuerto de Catania, tuve la sensación, por primera vez en mucho tiempo, de que por fin habíamos llegado a alguna parte, de que por fin íbamos a poder asentarnos.
          Mi abuela materna, la Nanna, era de un pueblito no muy lejos de Catania. Y aunque murió cuando yo aún era niña, y yo nunca había venido a su isla natal, en cuanto bajamos por las escalerillas del avión y vi sobre nosotras el cielo cuajado de estrellas, tuve una sensación muy clara de pertenencia —pasada o futura, no sé—. Mi hija se detuvo al pie de las escalerillas, apuntó hacia el horizonte, donde la silueta negra del volcán Etna apenas se distinguía del cielo tan oscuro, y dijo:
          Mira, Ma, viene un bostezo celeste.
          ¿Un qué?
          Un bostezo celeste.
          ¿Qué es eso?
          Nada, no importa.
          O tal vez no tanto una sensación de pertenencia, sino un eco de la pertenencia: memorias prestadas, rumores heredados. Leí alguna vez que la palabra eco viene del griego antiguo oikos, que significa «casa». Y si eso es cierto, tal vez el eco y la pertenencia están más estrechamente ligados de lo que se suele pensar.

 

LOS ELEMENTOS

Era, por supuesto, un proyecto imposible: movernos, mudarnos, ir de vida en vida hasta que algo por fin cayera en su lugar, porque nada simplemente cae por sí solo en su sitio. Una idea liberadora, pero un proyecto imposible. Con el tiempo, pensé, tendría un plan más claro y concreto. Con el tiempo, sin embargo, tuvimos que movernos por motivos muy distintos a los que nos impulsaban en un inicio, pero eso vino después, y en ese momento no intuíamos nada todavía.

 

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