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Empieza a leer 'En palabras sencillas' de Richard Ford

Nota del autor

Los lectores a menudo me plantean una cuestión, cuya respuesta es el tema de este librito: ¿me considero un novelista político? Y, en ese caso, ¿cómo he llegado a esa conclusión? ¿Y por qué? ¿Y cuándo? Al principio, este asunto no me interesaba mucho, pero con el tiempo he cambiado de opinión.
          Escribir narrativa siempre me ha proporcionado razones y oportunidades para intentar hacerlo cada vez mejor: eligiendo temas más interesantes, escribiendo frases más claras y afortunadas, siendo más exigente con las formalidades del relato, mostrándome más ambicioso al incorporar materiales dispares y, en definitiva, actuando con más inteligencia en el proceso de la escritura. Aunque a veces no se reconozca, una razón importante que subyace a la hora de escribir otro libro es conseguir que el nuevo sea mejor que el anterior.
​          Teniendo en cuenta todo esto, la aspiración de ser un novelista político parecería implicar que dotar al libro de una «dimensión política» lo volvería mejor. No mejor de lo que sería sin esa dimensión, sino mejor en un sentido distinto. Cuál podría ser ese sentido distinto es asimismo una de las preocupaciones que aborda este librito. Y, admitámoslo, supone poner el listón bastante alto.
​          Para que una novela sea una gran novela política, al menos en mi opinión, debe constituir, en su conjunto, un gran logro literario según esas cualidades esenciales que he mencionado. Y debe ser un logro que mejore en virtud de su ingrediente político. Es más, en las mejores novelas políticas, esos dos ámbitos, el literario y el político, coexisten y se benefician mutuamente incluso cooperando entre sí. Y, si no siempre se ensamblan de manera perfecta, al menos no entran en conflicto.
​          No me ha parecido necesario que este libro atraviese los cuarenta y cinco años de mi (aún activa) «vida creativa» en toda su extensión. Los puntos de interés se pueden abordar de manera más que suficiente visitando tan solo mis cuatro primeros libros, escritos en los años setenta y ochenta, cuando la cuestión de su contenido político era novedosa para mí. Quizá llegue el día en que pueda abordar los libros posteriores y la vida que tuvieron de una manera que el lector encuentre útil.

 

UNO

Un disparo que nadie escuchó

Mi primera experiencia con la política, a diferencia de la del entusiasta Stendhal, no tuvo nada que ver con encajarla en las novelas. De haber sido lo bastante astuto cuando me puse a escribir una novela a los veintiocho años, quizá habría atisbado lo que ahora, a los ochenta y uno, me parece indudable: que muchas novelas que no son tan canónicamente «políticas» como 1984El agente secreto La cartuja de Parma pueden ocupar al lector con lo que Walter Benjamin denomina «la profunda perplejidad de los vivos», y hacerlo, además, en un contexto realzado por una tensión entre la emoción privada y subjetiva y la influencia de la vida pública —la política—, una tensión que el lector percibe, pero que a menudo pasa por alto.
​          A los veintiocho años no se me ocurrió que una narrativa basada en la experiencia subjetiva pudiera «abrirse» para incluir una dimensión pública que amplificara la importancia y el alcance de la novela. De nuevo en términos de Benjamin, para conseguir que el relato fuera más «útil» para su público.
​          En aquel momento se me podría haber ocurrido que la política y el tipo de novelas realistas que quería escribir quizá se entrelazaban. Un maestro venerado de aquella época me había entregado una copia del emblemático relato de Frank O’Connor «Huéspedes de la nación», una narración acerca de la guerra de Independencia irlandesa que no es sino un cuento político. Dos soldados británicos de las fuerzas de ocupación son capturados y retenidos en el interior del condado de Cork por milicianos republicanos irlandeses y, durante el cautiverio, prisioneros y captores se convierten en inesperados «amigos». Sin embargo, pronto llega la orden de ejecutar a los dos soldados británicos en represalia por la muerte de algunos irlandeses. Rápidamente, los soldados del IRA acompañan a los británicos condenados a una turbera cercana y allí, con tristeza, los fusilan, lo que provoca el inolvidable lamento del narrador, Bonaparte: «Y nada de lo que me ocurrió después volví a sentirlo ya igual». Es una frase que he deseado poder poner al final de cada relato o novela que he escrito.
​          El evidente carácter político de la acción de este magnífico relato está tan claro y profundamente delineado en sus características formales que no requiere ningún análisis. El afecto humano sincero se ve fríamente derrotado por los actos inhumanos del Estado, lo que da lugar a revelaciones que cambian la vida de los afligidos y desafortunados jóvenes supervivientes. «No hay vida privada que no quede determinada por una vida pública más amplia», señalaba George Eliot en el prefacio de su novela Felix Holt, The Radical. O, como escribió el crítico estadounidense Morris Dickstein en la definición más clara que he encontrado de novela política: «Una novela política debe mostrar cómo la historia afecta al destino de los individuos». El relato de O’Connor conecta de forma explícita y desgarradora la historia con el destino de los individuos, aunque yo no lo comprendiera del todo a los veintiocho años.
​          El obstáculo con que me encontré entonces, como joven lector de ese relato, fue que no sabía casi nada de la historia de Irlanda (a pesar de tener antepasados irlandeses cercanos) y me cautivaron, sobre todo, las circunstancias exóticas, románticas y bélicas, así como la sensación de violencia inminente e inevitable que impregna esa camaradería condenada al fracaso y lo inverosímil de la situación, y cómo todo ello reconfigura la vida privada del joven Bonaparte. El entorno político, por lo que yo alcanzaba a entender, no parecía que aportara mucho. Como joven aspirante a novelista, no me atraían la política ni la gravedad del momento histórico, ni la forma en que la ideología cobra vida en las relaciones humanas, sino solo las relaciones humanas íntimas y desconcertantes en sí mismas. En otras palabras, los disparos literales del final del relato me dejaron sordo a los disparos políticos de Stendhal.
​          Lo que podría haber observado, pero no lo hice, fue cómo mi otra lectura de ese momento, la obra maestra de Faulkner ¡Absalón, Absalón!, retrataba Misisipi, un lugar que yo conocía íntimamente porque vivía y era de allí, como un entorno en ebullición de paradojas políticas: había personajes y comportamientos formidables y extravagantes, declaraciones desmesuradas, engaños, odios, pasiones repentinas y tragedias casi interminables, todo ello de naturaleza intrínsecamente política. Faulkner captaba Misisipi de manera tan completa que, para mí, lograba que no se pareciera en nada a ningún otro lugar del mundo; era tan vívidamente inmersivo como escenario de la narración que hasta ocultaba el hecho de que el gran tema de Absalón (el modo en que la esclavitud y el odio racial corrompen irremediablemente la historia y a todos los que la crean) era el tema político perpetuo del Sur en el que yo había nacido y con el que conviviría todos los días de mi vida. Si podemos medir el efecto de una novela política por cómo transforma el discurso público, puedo decir que ¡Absalón, Absalón! no solo superó mi capacidad de comprensión, sino que también alteró de manera permanente mi diálogo conmigo mismo. Aunque tampoco es que me diera cuenta de ello en ese momento. Como joven lector de ¡Absalón, Absalón!, simplemente no estaba alerta al disparo político de Stendhal en la sala de conciertos, tan cautivado me encontraba por el tapiz de técnicas de Faulkner y por su determinación de decir lo indecible sobre las personas y los lugares en los que ambos habíamos nacido. Para mí no se trataba de la política, la abstracción o la historia. Era todo el enjambre de la vida: aislada, sin mensaje, inexpresable de ninguna otra manera, y, como todas las grandes novelas, completamente inmersiva y real.

 

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Traducción de Damià Alou

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