Empieza a leer 'El doctor Zhivago' de Borís Pasternak

ZHIVAGO EN LA TEMPESTAD
por Carlo Feltrinelli

Es justo que El doctor Zhivago inaugure las ediciones Feltrinelli en lengua española. Entre los muchos grandes libros —novelas o ensayos— que han acompañado la historia de Giangiacomo Feltrinelli Editore, fundada en Milán en 1955, El doctor Zhivago es el que antes acude a la memoria. «El primer bestseller de la edición contemporánea», como se ha leído en las fajas de in­numerables ediciones, pero también la novela que dio un pro­fundo sentido a la joven aventura de una editorial italiana con marcada vocación internacional. Del poeta Borís L. Pasternak y de su primera y única obra de prosa novelesca se tuvo noticia en Milán en abril de 1956, cuando la actividad editorial apenas llevaba un año en marcha. La compleja aventura que siguió —la «novela de la novela» que condujo a su publicación en italiano, en primicia mundial, en 1957, junto con la gestión de sus derechos internacionales— fue una de las batallas edito­riales más despiadadas y, al mismo tiempo, más apasionantes del siglo breve. Representó, además, una experiencia imborra­ble para el entonces joven editor milanés, que apenas supera­ba los treinta años. El propio Feltrinelli lo escribió al pie de una carta dirigida a Pasternak en 1958:

Gracias por El doctor Zhivago, por todo lo que nos ha en­señado. En una época en la que los valores humanos son re­legados, los seres humanos se ven reducidos a robots y la mayoría de las personas solo piensan en huir de sí mismas y resolver los problemas de su propio ego, apresurándose y ma­tando lo que queda de su sensibilidad humana, Zhivago ha impartido una lección inolvidable. Ahora sé que cada vez que no sepa cómo seguir adelante podré volver a Zhivago y apren­der de él la mayor lección de vida. Zhivago estará siempre a mi lado cuando esas cosas me parezcan perdidas para siempre, para ayudarme a encontrar de nuevo los valores sencillos y profundos de la vida.

Así es. No existen palabras más adecuadas que estas para recordar lo que El doctor Zhivago significa para nosotros: una novela tan amada y leída —¡aún hoy!— en todo el mundo, en su tiempo rehén de tantos prejuicios y símbolo de buena parte del siglo xx. Una obra que continúa hablándonos en nombre de una gran historia iniciada hace muchos años y abierta a un tiempo que perdura, como perdura el tiempo de las obras que tocan el corazón de mujeres y hombres.

 

LIBRO PRIMERO
PRIMERA PARTE

1

Marchaban, marchaban y cantaban Memoria eterna y, cuando callaban, parecía que sus pasos, los cascos de los caballos y el soplo del viento siguieran entonando por inercia el cántico. Los transeúntes dejaban pasar el cortejo, contaban las coronas y se santiguaban. Los curiosos se unían a la procesión y preguntaban: «¿A quién entierran?». A lo que les respondían: «A Zhivago». «¡Ah, así que es eso! Entonces se entiende.» «No, no a él. A ella.» «Lo mismo da. ¡Que Dios la tenga en su gloria! Un funeral magnífico.»
          Pasaron volando los últimos minutos, contados, irrevoca­bles. «Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y los que lo habitan.» El sacerdote, con un gesto de bendición, arrojó un puñado de tierra sobre María Nikoláievna. Comenza­ron a cantar Con el alma de los justos. Luego todo se volvió te­rriblemente apresurado. Cerraron el ataúd, lo clavaron y se dispusieron a bajarlo. Una lluvia de terrones, arrojada a toda prisa por cuatro palas, repiqueteó hasta cubrir la tumba. Sobre ella se formó un montículo. Un niño de diez años se subió a él.
​          Solo en ese estado de aturdimiento e insensibilidad que sue­le sobrevenir al final de un gran funeral podía parecer que el niño quisiera decir unas palabras sobre la tumba de su madre.
​          Alzó la cabeza y, desde lo alto, dejó que su mirada ausente se deslizara sobre el páramo otoñal y las cúpulas del monaste­rio. Su rostro de nariz respingona se contrajo. Estiró el cuello. Si un lobezno hubiera levantado la cabeza con ese movimien­to, habría quedado claro que estaba a punto de aullar. Con las palmas cubriéndose el rostro, el niño rompió a sollozar. La nube que volaba hacia él comenzó a azotarle las manos y la cara con los látigos húmedos de un frío aguacero. A la tumba se acercó un hombre vestido de negro, con mangas ajustadas y plisadas. Era el hermano de la difunta y tío del muchacho que lloraba, Nikolái Nikoláievich Vedeniapin, sacerdote que había abando­nado los hábitos a petición propia. Se aproximó al niño y se lo llevó del cementerio.

 

2

Pernoctaron en una de las habitaciones del monasterio que habían cedido al tío por ser un viejo conocido. Era la víspera de la fiesta del Manto de la Virgen. Al día siguiente partirían juntos hacia una ciudad provincial del Volga, en el lejano sur, donde el padre Nikolái trabajaba en una editorial que publica­ba un periódico regional de orientación progresista. Los billetes de tren estaban ya comprados, y el equipaje, atado y listo, aguar­daba en la celda. Desde la estación cercana, el viento traía los silbidos lastimeros de las locomotoras que maniobraban a lo lejos.
​          Al anochecer el frío arreció. Dos ventanas a ras del suelo daban a un rincón del huerto deslucido, rodeado de arbustos de acacias amarillas, a los charcos helados de la carretera prin­cipal y a la parcela del cementerio donde, ese mismo día, habían enterrado a María Nikoláievna. El huerto estaba vacío, salvo por unos pocos bancales con coles amoratadas por el frío. Cuan­do soplaba el viento, los arbustos de acacias deshojados se agi­taban como poseídos y se inclinaban sobre el camino.
​          Esa noche, un golpe en la ventana despertó a Yura. La celda oscura estaba iluminada de forma sobrenatural por un resplan­dor blanco y trémulo. Yura, vestido solo con una camisa, corrió hacia la ventana y pegó la cara contra el cristal gélido.
​          Al otro lado habían desaparecido la carretera, el cementerio y el huerto. Afuera rugía la ventisca y el aire humeaba de nieve. Casi podía pensarse que la tormenta había reparado en Yura y, consciente de lo aterradora que era, se deleitaba con el efecto que causaba en él. Silbaba y aullaba, y por todos los medios trataba de llamar su atención. Desde el cielo caían en espiral madejas interminables de copos, tejiendo un manto blanco que envolvía la tierra como en una mortaja. No había en el mundo más que aquella ventisca: nada podía rivalizar con ella.
​          El primer impulso de Yura, al bajarse del alféizar, fue ves­tirse y salir corriendo a hacer algo. Le aterraba que la nieve cubriera por completo las coles del monasterio y no pudieran desenterrarlas, o que sepultara a su madre en el campo, deján­dola indefensa ante aquello que la haría hundirse cada vez más, alejándola de él, bajo la tierra.
​          Todo acabó, otra vez, en lágrimas. El tío se despertó, le habló de Cristo y trató de consolarlo; luego empezó a bostezar, se acercó a la ventana y quedó absorto en sus pensamientos. Comenzaron a vestirse. Amanecía.

***

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