
«Queremos libros que nos salven de los algoritmos»
Una opinión pública, para ser democrática, ha de ser libre, capaz de informarse, de razonar sobre las cosas, a pesar del contexto tecnológico actual y su vocación por la manipulación y por la dependencia.
la Repubblica,
14/10/2025
Por Dario Olivero
«Sí, pero ahora hablemos de libros». Está bien hablar de libros, pero ¿cómo puede uno no preguntar al heredero de una editorial legendaria, al hijo de dos padres carismáticos como Giangiacomo e Inge, justo cuando el grupo editorial celebra los setenta años —y, además, en la sede de la Fundación, think tank que encierra en su ADN el resplandor de lo que su fundador solía decir de su compromiso editorial, «responsabilidad y necesidad»—, qué piensa de lo que ocurre en Italia, en América, en el mundo? Y, de hecho, es así como empezamos:
¿Qué es lo que queda hoy en Italia de la consciencia política y cultural de los años en que nació Feltrinelli?
En Italia diría que poco. Porque han desaparecido muchas de las agencias culturales, editoriales, de información. Lo que queda es un debate público extremadamente empobrecido y, a veces, incluso deplorable.
¿Y que ha quedado en Feltrinelli?
Nosotros nacimos con tres ideas básicas. El antifascismo «consecuente y coherente», como decía mi padre. No se trata únicamente de denunciar los crímenes y las infamias del nazi-fascismo, sino también de ocuparse de los problemas que el fascismo, después de su caída histórica, había dejado sin resolver. Conectar Italia con la cultura del mundo y viceversa. Por último, una atención constante a las formas de coexistencia entre países con diferentes estructuras económicas y políticas. Estos presupuestos han seguido siendo inmutables, por desgracia en una época muy oscura en la que el futuro ha sido aplastado por el presente, mientras que la labor editorial, por definición, es algo que se proyecta hacia el futuro.
¿Y cómo hacer posible que estos presupuestos puedan tener una incidencia?
Permanecemos unidos por una idea: la adhesión intransigente al campo democrático, es decir, en contra de los populismos, en contra del determinismo de la desigualdad cognitiva y real, en contra de las censuras. Una opinión pública, para ser democrática, ha de ser libre, capaz de informarse, de razonar sobre las cosas, a pesar del contexto tecnológico actual y su vocación por la manipulación y por la dependencia.
¿A qué se refiere con «manipulación» y «dependencia»?
A que es necesario enfrentarse a un mundo de ignorancia deliberada. Hoy, tomarse un tiempo para uno mismo y leer es verdaderamente un acto que puede definirse como revolucionario. Aislarse de todo el ruido, incluido el producido por algunos no-libros que encontramos cada vez más a menudo en las listas de los más vendidos. Es una larga reflexión que mantuve con Roberto Calasso en los meses previos a su desaparición: ¿cómo se pueden poner límites a un mundo en que cada vez es más difícil hacer que destaquen libros de calidad?
Feltrinelli es parte del contexto cultural del país, es difícil mantenerse al margen.
No lo hago. Junto al orgullo de ver una Feltrinelli que, tras setenta años, goza de buena salud, tengo también una aflicción. Tal vez no he hecho lo suficiente. A pesar de que esta sea una historia fantástica y Feltrinelli sea hoy en día una agencia cultural y un laboratorio de ideas vivo, me pregunto si no debo considerarme corresponsable de la situación en que nos encontramos y si la decadencia del debate público no se debe también a no haber hecho, todos, lo suficiente.
Ha definido la lectura como un gesto revolucionario. Dejando de lado la imagen, está claro que la lectura, y sobre todo su valor cívico, está en decadencia.
Es verdad, en los años cincuenta los libros tenían un peso mayor en relación con la masa de canales informativos de hoy en día, aunque creo que mantienen su centralidad. Confío en el augurio de Antonio Scurati que escribió en la Repubblica que la democracia de los lectores nos salvará de los soberanismos. Creo que los libros tienen una centralidad, pero estoy convencido de que hay que ponerla en una conexión virtuosa con todos los mundos que han crecido en estos años. En cierto sentido, nosotros seguimos «buscando a Zhivago». Necesitamos libros que puedan abrir y batir sus alas y tener una vida para salvarnos de esta ola que nos quiere ignorantes y presa de algoritmos que no son neutrales, sino que han sido optimizados solo para obtener beneficios.
Alessandro Baricco ha iniciado un debate en la Repubblica sobre el final del siglo XX y de Occidente. ¿Qué piensa al respecto?
Pienso objetivamente que Occidente está perdiendo su definición y está en decadencia. Tal vez el mundo se abre a una nueva época en que existirá un multilateralismo diferente, aunque temo un capitalismo tecno-feudal que se reparte el mundo. Creo que ha terminado una época y que, partiendo de Europa, ha de darse una reflexión sobre cómo podrá o sabrá organizarse el mundo.
¿Y los Estados Unidos?
Todos miramos con una gran preocupación a América: las censuras en las universidades y a los intelectuales, como a Judith Butler, a la que hemos publicado y seguiremos publicando. Es la señal de una regresión que francamente no me esperaba en tan poco tiempo. Mientras tanto, como me decía hace algunos días Richard Ford, solo nos queda esperar el despertar de la intelligentsia. Y mirar con interés al candidato a la alcaldía de Nueva York, que me parece una de las pocas voces de esperanza que nos llegan de ese país.
¿Por esto Feltrinelli presta tanta atención a Sudamérica?
En realidad, nosotros empezamos en España en 2010 firmando un acuerdo con uno de los editores más prestigiosos de Europa, Jorge Herralde, propietario de Anagrama, que hoy es una editorial de gran prestigio en España y en América Latina. Luego vinieron las librerías La Central y, a finales de año, abriremos una Feltrinelli en el centro de Montevideo. Este experimento nos llevará a otras oportunidades en América Latina, considerando que Feltrinelli ha sido el gran puente entre la literatura latinoamericana y Europa: las primeras ediciones de García Márquez fueron las nuestras. En la primavera del próximo año, junto a Anagrama debutaremos en los mercados de lengua española con el sello Feltrinelli, una novedad muy esperada en aquellas latitudes. Nos proporciona grandes energías estar en contacto con realidades diferentes, intelectualmente muy cualificadas, jóvenes, que tienen ganas de participar, de leer, atentas a las novedades. Todo esto desde una lógica no de multinacionales, sino de exploradores. Un poco como Fitzcarraldo. Fitzgerald, por otra parte, es mi segundo nombre, ¿lo sabía?
A propósito de nombres. El suyo pertenece a la tradición ilustrada de la alta burguesía milanesa. En estos años se ha echado de menos la contribución civil de este componente. ¿Qué piensa usted al respecto?
Percibo una cierta soledad. Aunque no me haya identificado nunca por completo con esa categoría, pero probablemente es así. Hay quienes llevan ese argumento de la familia de una determinada manera y quien, por el contrario, lo lleva adelante de otro modo. La sensación que tengo es que la que se denominaba burguesía está destinada a desaparecer, o que ya no existe desde hace un tiempo.
¿Cuánto pesa llevar su apellido? ¿Cómo es el vacío dejado por sus padres?
De mi padre aprendí que la batalla por un mundo más digno, para los hombres y las mujeres, es tal vez la batalla más importante de la vida. De mi madre aprendí muchísimas cosas, desde el entusiasmo por los libros y las librerías hasta la lección final: disfrutar de la vida hasta el último sándwich. Creo que se sentirían contentos al ver una librería abierta en Barcelona como hicimos hace diez días en dicha ciudad; o ver una librería abierta en el paseo Genova, como hicimos hace dos semanas, y ver una idea editorial que sigue adelante con esa vocación que en su tiempo pudo definirse como ilustrada. Tengo una relación muy feliz con mi pasado, sigo sintiendo un gran afecto hacia mis padres y manteniendo un diálogo que prosigue serena y creativamente. En cuanto a mí, me considero un servidor de esta institución. Mi único mérito es haber estado siempre aquí, desde no recuerdo ya hace cuántos años.
¿Y los próximos años?
Esto es lo que me gustaría en un futuro para Feltrinelli: seguir siendo profetas del riesgo y de la capacidad de visión. Lo imprevisible sigue siendo la clave para entender nuestro oficio. Lo que hoy en día me produce mayor satisfacción es haber llegado hasta aquí con un grupo hecho de una constelación de realidades, como la Scuola Holden, las librerías, la Fundación, la editorial, la parte vinculada a la formación, la actividad internacional. Este será un objetivo para nosotros: hacer que Feltrinelli sea una realidad cada vez más europea. Pero discúlpeme.
Dígame.
Ahora hablemos de libros.
Hablemos de libros.
De entrada, hemos celebrado este importante aniversario de varias formas, incluso muy innovadoras, como la adaptación teatral de El Gatopardo realizada por Francesco Piccolo. Y luego el Premio Strega para Andrea Bajani. La colección Ideas que hemos empezado con Lea Ypi sobre el tema de la inmigración y luego con Piketty y Sandel sobre la igualdad. Y luego pienso en Column McCann, que relata las dinámicas profundas de nuestro mundo actual. En resumen, todos estos títulos remiten a la historia. Pero pensamos en el pasado no como algo inerte, sino como una fuente de inspiración para mirar al futuro. No sé si he contestado.