Empieza a leer ‘Twist’ de Colum McCann
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Todos somos esquirlas del gran estallido.
Nuestras vidas, incluso aquellas que no se han roto, rebotan en el fondo del mar. A ratos, puede que nos rocemos con ternura unos con otros, pero tarde o temprano, inevitablemente, colisionamos y nos quebramos.
No estoy aquí para escribir una elegía por John A. Conway ni para entonar un canto de alabanza sobre cómo vivió sus días: todos hemos tenido nuestras dificultades a la hora de entender la verdad, y yo no soy una excepción. Pero otros han intentado contar la historia de Conway y, por lo que sé, no han entendido casi nada. Por lo general, él se movía en silencio y sin armar revuelo, pero su corazón era un candil lleno de gasolina y, cuando alguien le acercaba una cerilla, prendía.
Estoy bastante seguro de que volveré a oír el nombre de Conway una y otra vez en los años venideros: lo que le ocurrió, las extrañas fuerzas que actuaron sobre él, cómo naufragó en la búsqueda del amor, cómo se engañó a sí mismo creyendo que era algo que no era, cómo nos engañamos nosotros mismos también, y cómo él seguía girando en espiral, hundiéndose, hacia dentro. Y, sin embargo, quizá Conway solo estaba siendo fiel a su época, interpretando el presente a la luz del pasado. Y tal vez, de algún modo, acertó.
No estoy seguro de que nadie, en ningún lugar, sea verdaderamente consciente de lo que había en el núcleo de Conway y de la era que él y nosotros vivimos: fue una época de enorme codicia y anhelos insensatos, y, al final, de un insondable aislamiento.
Al final, las webs, las plataformas y los medios sensacionalistas levantarán muros de pago sobre pilas de hechos triturados, y nosotros recompondremos la versión de Conway que más nos convenga. De todos modos, me gustaría intentar contar al menos una pequeña parte de su historia, junto con la mía, y también junto con la de Zanele. Y si me tomo ciertas libertades al rellenar los huecos, pues que así sea. Como tantas personas hoy en día, preferiría enterrar el recuerdo de aquellos tiempos. No fui el único que cometió errores. Tal vez cuente esta historia para librarme de ella, o para romper el silencio, o para aliviar mi propia conciencia. O tal vez la cuente porque tengo miedo de aquello en lo que yo también me he convertido, empapado en arrepentimiento y saudade. Suelo quedarme en la cama, desvelado, preguntándome qué habría podido pasar si hubiera actuado de forma ligeramente distinta. El pasado se puede revivir, sí, pero desde luego no puede cambiarse.
En enero de 2019, me embarqué en el Georges Lecointe, una embarcación destinada a reparar cables submarinos. Como novelista en horas bajas y dramaturgo ocasional, fue un alivio alejarme del peso de la creación y subirme a un barco que me llevaría hasta la costa occidental de África, un lugar en el que nunca antes había estado. El centro del mundo se desplazaba, sentía que mi carrera estaba estancada, y, francamente, a mi edad ya no estaba seguro de qué podían aportar la ficción o el teatro.
Pensé que pasaría unas semanas en el barco, que luego regresaría a Dublín y escribiría un reportaje extenso, me sacudiría las telarañas. Mis dos primeras novelas habían cosechado un éxito modesto y había escrito un par de obras de teatro, pero en los últimos años me había sumido en un silencio tranquilo y sin complicaciones. Los días se volvían semanas y las semanas, meses. No me venía gran cosa: ni personajes, ni tramas. El mundo no me atraía, ni me recompensaba demasiado. Como remedio, pensé en intentar escribir una historia de amor sencilla para el escenario, pero resultó ser un soliloquio sobre la soledad, y no una historia de amor en absoluto. Una mañana cerré el ordenador. Todos mis personajes cayeron al abismo. Busqué nuevas ideas, pero sobre todo encontré caída y eco, eco y caída.
Todo parecía anacrónico. Estaba bebiendo en exceso, quebrantando pactos, desatendiendo mis obligaciones con la página. Me compré una máquina de escribir antigua en un intento de volver a lo esencial, pero las teclas se atascaban y el retorno de carro se rompió.
Muchos de mis días eran como una neblina. Mi novela más reciente había sido un recorrido por la memoria: la granja, una pequeña luz roja del Sagrado Corazón, mi padre levantándose temprano para ocuparse de la granja, mi madre atrapada por las sombras en el descansillo, mi crianza rural, mi huida a Londres, los atardeceres sobre el Támesis, el regreso a casa, el descenso a los suburbios de Dublín, donde las farolas parpadeaban.
Parte de la novela había sido autobiográfica, pero los elementos ficticios eran más verdaderos. «Toda la verdad», me dijo mi padre, «pero nada de sinceridad.» Lo recuerdo saliendo con cierto aire de disculpa del teatro de Galway donde se presentó el libro. Lluvia sobre los adoquines. El fantasma se retira.
Tenía la sensación de que me había agotado a mí mismo y que si alguna vez iba a escribir de nuevo, tendría que abrirme al mundo. Lo que necesitaba era una historia sobre la conexión, sobre la gracia, sobre la reparación.
No tenía ningún interés en los cables submarinos. Al menos, al principio. En el único artículo que llegué a escribir, dije que un cable era solo un cable, hasta que se rompía y, entonces, como el resto de nosotros, se convertía en algo distinto.
Sachini, mi editora en una revista online donde escribía a veces, me llamó una fría tarde de otoño. Hablaba con frases largas y enrevesadas. Resulta que había encontrado un reportaje sobre la rotura de un cable en Vietnam y le había sorprendido descubrir que casi toda la información intercontinental del mundo viajaba por frágiles tubos en el fondo del mar. La mayoría de nosotros pensamos que la nube está en el aire, dijo, pero los satélites solo representan un goteo del tráfico de internet. Los cables embarrados en el fondo del océano eran más rápidos, más baratos e infinitamente más efectivos que cualquier cosa allá arriba en el cielo. De vez en cuando, los tubos se rompían, y había una pequeña flota de barcos en diversos puertos del mundo encargados de repararlos, a menudo pasando meses en el mar. Me preguntó si estaba interesado en adentrarme en la historia.
Era fascinante pensar que un correo electrónico, una fotografía o una película pudieran viajar casi a la velocidad de la luz en la oscuridad acuática, y que las tuberías a veces tuvieran que ser reparadas. Pero mi entendimiento de la tecnología era limitado, y para mí todo seguía siendo una serie desconcertante de unos y ceros. Me mostré reacio.
La adulación es un arma de doble filo: no estaba seguro de si debía sentirme ofendido cuando Sachini me llamó la semana siguiente, insistiendo en que yo era uno de los pocos escritores capaces de llegar a esas turbias profundidades. Me dijo que, en algunas de sus indagaciones recientes, había encontrado un barco, el Georges Lecointe, que, según se decía, estaba entre los buques de reparación de cables más activos del mundo. Tenía el récord de operaciones en aguas profundas del Atlántico. Me recordó que yo mismo había dicho, explícitamente, que estaba interesado en la idea de la reparación. Ella lo llamaba Tikkun olam, un concepto con el que en ese momento no estaba familiarizado. Pero la reparación era, sin duda, lo que yo anhelaba. También me persuadió con el simple dato de que habían solicitado ese mismo barco para ayudar en la recuperación de la caja negra del vuelo 182 de Air India, destruido por una bomba frente a la costa sudoeste de Irlanda en 1985. Murieron más de trescientas personas, y la mayoría de los cuerpos nunca fueron recuperados. Yo tenía catorce años en aquel entonces, y recuerdo la fotografía de un policía irlandés que llevaba la muñeca de un niño por todo el aeropuerto. Me intrigaba el pensamiento de que una pequeña caja negra, repleta de estadísticas y datos, pudiera ser rescatada del fondo del océano, pero los cuerpos no.
Caminé a lo largo de la costa de Dublín. Había vivido gran parte de mi vida reciente con cautela. Todas esas cintas amarillas de precaución. Todas esas penas corrientes. Todos esos deseos oxidados. En otra época yo había sido atleta, un corredor de medio fondo. Había asumido riesgos. Había llegado lejos. En cambio, ahora observaba a aquellos que se atrevían a enfrentarse al agua fría con solo un bañador, y los envidiaba por ser tan valientes. El mar me hacía entrecerrar los ojos. ¿Cuánto tiempo llevaba caminando con la misma ropa? Llamé a Sachini. No me estimuló mucho eso que dijo de que una temporada en el mar podría despejarme, pero la extensión respetable y el presupuesto generoso me consolaron.
Comencé mi descenso a esos mismos tubos que quería retratar. El Georges Lecointe pertenecía a una compañía de telecomunicaciones de Bruselas. El departamento de prensa me dijo que estaban abiertos a la visita de un periodista que trabajara en el ámbito internacional. Visto con perspectiva, fue bastante ingenuo por su parte, pero la compañía había languidecido en los últimos años en términos de publicidad; estaban metidos en varias licitaciones de tendido de cables con Facebook y Google, ambas empresas encargadas de la instalación de cables enormes en los mares de África, y quizá pensaron que un artículo podría aumentar su visibilidad. Resultó que eran propietarios de una buena parte de los cables operativos del mundo: su logo era una bola del mundo de color púrpura envuelta en espirales de alambre giratorias.
Realquilé mi piso en Glasnevin, dejé mis cosas en un guardamuebles y tomé un avión a Ciudad del Cabo, donde estaba atracado el Georges Lecointe. Llegué la primera semana del año. Había decidido tomarme unos días para aclimatarme. Mi único miedo era que se produjera una rotura de cable y que perdiera la oportunidad si el barco tenía que salir al mar, pero el equipo de relaciones públicas me aseguró que me avisaría si había cualquier novedad. Encontré un hotel donde pensé que podría relajarme un par de días. Algún redactor sarcástico había citado a Oscar Wilde en el folleto del hotel: «Aquellos a quienes los dioses aman rejuvenecen». Qué dulce ironía. Aquel fin de semana cumplía cuarenta y ocho años.
Después del apartheid, había pensado que Ciudad del Cabo podría sentirse avergonzada de sí misma, estrangulada por la historia, aún desgarrada por todo lo que había visto, oído y hecho. Tal vez lo estaba, pero escondía bien ese lado, o tal vez era yo el que se escondía de él. Había un guiño al pasado en casi cada rincón —estatuas de Nelson Mandela, canciones de Miriam Makeba a todo volumen por los altavoces, museos de la memoria, hileras de banderas coloridas—, pero estaba claro que el sucesor del apartheid era el propio apartheid. La belleza de la ciudad me quemaba los pulmones, pero la pobreza que convivía con ella también me atravesaba. Me había empapado de historia sudafricana y estaba dispuesto a volcar mis propias penas en los oídos de los árboles —Irlanda, nuestra hambruna, el largo conflicto de los Troubles—, pero, en lugar de eso, me sentí, algo incómodamente, como en casa.
Mi hotel boutique se alzaba alegremente al final de Gordon’s Bay. Con una vieja camiseta y unos vaqueros rasgados, caminaba entre los yonquis y los mochileros: eran, básicamente, la clase de gente que había frecuentado a los veintipocos, y me recordaban que no tenía necesidad alguna de volver a mi antiguo yo. El mar arrastraba su bandeja de guijarros hasta la orilla. Las gaviotas daban bandazos sobre mi cabeza, soltando conchas que se rompían contra las rocas al caer. Al amanecer, la niebla rodeaba con rapidez la montaña y me hacía vibrar un diapasón en el pecho.
Alquilé un coche durante un par de días y recorrí la costa. La extraordinaria riqueza de las casas me dejaba sin aliento. Amplias zonas de césped verde se extendían como alfombras. En la entrada había garitas de seguridad: resultaba difícil distinguir los rostros. Era como si allí no viviera nadie. Todo parecía cercado. Carteles de cercas. Anuncios de cercas. Cercas dentro de otras cercas. Los únicos seres en movimiento eran jardineros y corredores, que desaparecían rápidamente entre los árboles y los alambres. ¿Cómo habían conseguido esas personas aislarse durante tantos años?
A las afueras de un barrio adinerado, vi un contenedor de basura rodando calle abajo por una pendiente, puesto en movimiento por algo que no pude identificar, ni siquiera un perro o un gato. Comenzó a moverse trazando una serie de extraños giros, montando un estrépito metálico y esquivando, casi con cortesía, todos los coches aparcados. Chocó contra la acera, vaciló un instante y terminó volcando un poco de basura. Una gaviota se lanzó en picado y picoteó los restos.
No tenía ni idea de que la pobreza estuviera tan terriblemente cerca. Me desvié del camino y allí estaban las chabolas desvencijadas, los baches, las tuberías de agua agrietadas, los fantasmas que vagaban por las carreteras. Hombres y mujeres empujaban carritos de la compra repletos de lo poco que poseían. Las nubes se alejaban de ellos a toda prisa. Hasta el cielo parecía segregado.
Se organizaban tours por los townships, los barrios segregados, y los folletos los vendían como éticos, pero no fui capaz de volver. No quería ser el europeo inconsolable, que pasea a cambio de una pizca de sentimentalismo. Había oído historias de personas tiroteadas por sus rastas. Mi voyeurismo no iba a ayudar. Tenía que darme la vuelta y enfrentarme a mí mismo. Más tarde, cuando Zanele escribió sobre el township Joe Slovo en Port Elizabeth, me asombró la forma en que describió el polvo arrastrado por el viento que rasguñaba las chapas de los tejados y el chasquido de las hojas de aloe cuando las arrancaba de detrás del vertedero: aquella era la música con la que, según ella, había crecido, y de repente caí en la cuenta de que todos tenemos diferentes bandas sonoras que acompañan nuestros primeros años. La mía había sido el sonido de los pasos de mi madre en lo alto de las escaleras, retirándose a su habitación, temiendo bajar.
En todos los semáforos de la ciudad había hombres y mujeres mendigando. Casi siempre parecían agotados e iban descalzos. Los coches a la espera encendían los limpiaparabrisas y rociaban el aire cuando se acercaban los mendigos.
Tomé un taxi a las afueras de la ciudad, donde los árboles abrazaban las laderas. No quería unirme a los turistas en el teleférico, así que me esforcé por subir la montaña de la Mesa a pie, y al final encontré un rincón tranquilo desde donde contemplé al mar. Nada me había preparado para el viento, la lluvia y el sol que me mordían la carne, que se filtraban en mis huesos. Nunca había visto un tiempo tan cambiante, ni siquiera en el oeste de Irlanda. Había traído un par de prismáticos. Los orienté hacia el puerto, pero era imposible ver el Georges Lecointe, oculto tras un gigantesco crucero blanco. Luego llegó la niebla y la temperatura cayó en picado, así que me apresuré a bajar por la ladera de la montaña, recorriendo los últimos cuatrocientos metros a través de una oscuridad que parecía brotar desde abajo. Esa noche caminé por la playa y vi a una joven con un vestido largo y blanco adentrarse en el agua. Fue una aparición efímera. Di un rodeo despacio, pero, cuando volví, ya no estaba. Escruté el horizonte: nada. Casi esperaba ver a un grupo de socorristas inclinado sobre ella para reanimarla, pero entonces me di cuenta de que lo más probable era que se hubiera metido en el agua por pura alegría, tal vez movida por algún tipo de fervor religioso, o quizá se había ahogado. No parecía que la ciudad fuera a llorarla.
Me retiré a mi hotel. Me había ido convenciendo de que me apetecía ir al mar, aunque solo fuera para alejarme de todo, así que volví a llamar a Bruselas. Me dijeron que organizarían una reunión y que esperara una llamada del jefe de la misión, John Conway, en cualquier momento.
Llega un momento en el que la soledad pierde su encanto. Esperé la llamada.
Todavía me asombraba que casi toda nuestra información viajara a través de unos tubitos en el fondo del océano. Miles de millones de pulsos de luz que transportaban palabras e imágenes y voces y textos y diagramas y fórmulas, todo disparado a lo largo del lecho marino, un flujo de luz palpitante. En tubos hechos de vidrio. En vidrio hecho de arena. En arena que se ha ido tamizando a través del tiempo.
La mera idea me descolocaba por completo. En las profundidades se agitaba casi todo lo imaginable. Que se movía a una velocidad inimaginable. En un tubo reforzado que no era más ancho que una manguera de jardín. Estás aquí un momento. Y luego, en un nanosegundo, estás en otro lugar. Había comenzado a pensar que quizá había algo monumental en todo aquello. Un vago componente mítico. La velocidad de lo que somos. Cada fragmento de existencia colisionando dentro de los tubos: la fuerza débil, la fuerza fuerte, la teoría del todo. Y, por supuesto, también toda banalidad girando ahí dentro. Todo rodando al unísono por el fondo del mar.
Era posible que tuvieran que pasar semanas antes de que se produjera una rotura, pero, por otro lado, también podía suceder en cuestión de horas. Había descubierto que la mayoría de las interrupciones las provocaban los barcos de arrastre cerca de la costa, pero que a veces los volcanes submarinos y los deslizamientos de tierra también podían causar una rotura y hacer que un buque cablero tuviera que pasar un mes o más en el mar. La perspectiva no me asustaba. Estaba preparado para quedarme allí si era necesario. Si no podía escribir en tierra, escribiría en el mar. Aquella nueva extensión de gris me mantendría allí, en el punto de encuentro entre el Atlántico y el Índico. Podría construir algo con frases simples, como pequeños bloques cuadrados, mis propios unos y ceros: oraciones.
Después de cuatro días de espera, por fin sonó el teléfono. Conway era seco; casi parecía reticente a hablar por teléfono. Me dio la dirección de un hotel que el equipo de prensa había gestionado.
—Nos vemos a las cinco —dijo.
La línea se cortó bruscamente.
Era un hotel de época colonial a la sombra de las cumbres, al borde del Atlántico. De color crema. Parecido a un pastel de boda que se hubiera quedado demasiado tiempo fuera. Una hilera de árboles se inclinaba como en señal de súplica. Había docenas de pájaros posados en las ramas como pequeños centinelas. La luz se llevaba dentro y se servía con pinzas de plata. Todos los botones y los camareros eran negros. Me sorprendió que no rezumaran resentimiento. Los hombres llevaban chalecos y pajaritas. Las mujeres, delantales. El lugar apestaba a pasado.
En ningún lugar del mundo se siente uno tan pálido y deslucido como en Ciudad del Cabo. Me inquietaba. Caminé entre las palmeras en macetas, avergonzado de estar allí. Quería convencerme de que no era mi legado: después de todo, eran los británicos y los holandeses los que habían hecho eso, no yo, no era culpa mía, yo era irlandés, y también nos habían colonizado, llevábamos las heridas con nosotros, mi sitio seguiría estando en la cocina, sumiso, recogiendo las sobras de los platos de otros. Pero bastaba con echar un vistazo al reflejo en un cristal para ver la verdad. Tenía que admitirlo. Sabía lo que era. Todos los hombres sentados en las sillas se parecían a mí. Marqué mi acento aún más. Aun así, el barman me llamaba «señor» y los camareros se paseaban por la sala con sus uniformes impecables.
En el bar pedí un Jameson para intentar recuperar la estabilidad, pero incluso el gigantesco cubo de hielo era una acusación: todos esos bordes rectos, Sykes-Picot en un vaso.
Hice el ridículo al presentarme a tres hombres distintos. Todos eran diferentes versiones de mí mismo. Uno de ellos, un ejecutivo de marketing, incluso me dio su tarjeta y me preguntó si quería sentarme con él hasta que llegara mi acompañante. Tintineó su cubo de hielo en dirección al barman para pedirme una copa. Balbuceé y negué con la cabeza.
De hecho, ya había visto a Conway en el vestíbulo, pero lo había descartado. Era mucho más joven de lo que imaginaba. Tendría unos treinta y tantos años. Delgado, con barba de pocos días, llevaba vaqueros, gafas de montura de metal y un gorro de punto rojo. Tenía un aire tranquilo y pausado. Si había un reloj dentro de él, marcando el tiempo, latía más lento que el de los demás. No es que apagara el momento, ni lo tensara, ni lo oscureciera. Al contrario, le daba aire, lo dejaba flotar, lo renovaba. Diría que me pareció el tipo de hombre que podría encontrarse en un monasterio o en un pensadero, un lugar crudo, remoto, al filo de todo. No se presentaba como tal: no llevaba sandalias ni pantalones de carpintero, y parecía completamente ajeno al hecho de ser el centro de todas las miradas.
Había visto a hombres como él antes, atormentados y angelicales al mismo tiempo. Una noche, mientras trabajaba en Nueva York, había visto a Jeff Buckley en un bar irlandés del centro, inclinándose sobre el micrófono para cantar «Hallelujah» de Leonard Cohen. La retrospección de la memoria nos lleva a los lugares más extraños. Conway tenía ese acorde secreto: era ese tipo de hombre que estaba presente y ausente al mismo tiempo.
Dio un par de vueltas por el vestíbulo y luego salió de nuevo por las puertas francesas hacia el arco de luz. Se quedó en el patio, mirando al mar, con la mano sobre los ojos, no tanto como un explorador, sino como alguien que quería protegerse de los destellos del sol. Una enorme bandada de pájaros voló más allá de él, cortando el cielo, una murmuración de estorninos.
Le envié un mensaje de texto, pero no respondió. Por un momento pensé que quizá me había equivocado de hombre otra vez, pero finalmente sacó del bolsillo de sus vaqueros un viejo móvil con tapa y en mi pantalla apareció una sola palabra: «Aquí».
Me bebí el Jameson de un trago y salí al patio.
—Conway —dijo, y me tendió la mano.
Era apuesto de una forma que parecía desconcertarlo. Tenía los ojos verde botella, y los pómulos afilados. Su rostro era moreno, curtido por las inclemencias del tiempo. Las puntas del pelo se le rizaban bajo el gorro de punto. Era el tipo de hombre joven y delgado que yo había sido alguna vez.
—La verdad es que estaba a punto de irme —dijo.
—Te envié un mensaje.
—No me gusta mucho usar el móvil.
Me aguanté la risa. No estaba muy seguro de qué esperaba de un hombre que, como jefe de misión nada menos, compartía el mando de un barco dedicado a reparar internet, pero ciertamente pensaba que sería mayor, más canoso, y que tendría como mínimo cierta pinta de estar enganchado al smartphone. Pero ahí estaba, una criatura desconectada, o tan desconectada como podía.
—¿Usas un móvil con tapa?
—Solo cuando es necesario.
—¿Por qué?
—Ah, me gustan las máquinas que funcionan. —Se miraba los zapatos, pero sonreía, o casi sonreía, como si acabara de compartir un pequeño chiste con el suelo bajo sus pies—. Fuera del barco es menos engorroso.
La luz del sol era demasiado intensa para mí, así que le pregunté si le importaba que nos sentáramos a una mesa al fondo del bar.
—Me va bien cualquier sitio —dijo, pero me resultó bastante obvio que el interior del hotel le gustaba incluso menos que a mí.
Notaba que me observaban, sobre todo el hombre de la barra que se había referido a él como mi acompañante.
Conway señaló la silla y esperó a que me sentara. Al principio me tomó por estadounidense. De algún modo, la publicista, Elisabeth, había omitido decirle que yo también era irlandés. Probablemente pensó que era uno de esos pesados irremediables que enseguida intentan imitar un acento. Su propio acento había perdido algo de carácter y tenía un leve matiz inglés o de la región atlántica, que imaginé que era sudafricano. Mencionó la aberración de la Casa Blanca como si yo mismo fuera responsable de haberlo puesto allí. Le aclaré que no era estadounidense, y pareció sorprendido al saber que era de Westmeath. Dije una o dos palabras en irlandés —intentaba averiguar de qué entorno procedía—, pero me esquivó. John Conway era un nombre de un nacionalismo bastante obvio, aunque teóricamente aún era posible que proviniera de una comunidad lealista. No es que eso importara mucho ya. Las divisiones en el Norte seguían latentes, pero hacía tiempo que él se había marchado de allí, y mis años de pensar en los Troubles habían quedado muy atrás.
—La isla de Rathlin —dijo cuando le pregunté de dónde era—. Frente a la costa de Antrim.
La suya había sido, pues, una infancia de barcos. Un isleño. Un observador de tormentas.
—¿Qué te trajo aquí?
Sin responder, me devolvió la pregunta. Para bien o para mal, toda mi vida he sido más de escuchar, pero ahora Conway iniciaba un largo silencio. Tuve la vaga sensación de que en su interior albergaba una inmensa soledad. Balbuceé sobre Westmeath y Londres. Cuando lo llamé John insistió en que lo llamara Conway. No me había dado cuenta hasta entonces, pero todo el mundo usaba su apellido.
Sonrió a una camarera que pasó junto a nosotros. Ella se volvió e hizo una media reverencia, y vi que Conway se ruborizaba, avergonzado por su cortesía. Cuando él hablaba, ella se inclinaba hacia él.
—Es increíble, en realidad —dijo mientras la camarera cruzaba el bar de nuevo—, ver a la gente que hace el verdadero trabajo del mundo.
—¿Es que tú no lo haces?
—No, la verdad es que no —respondió—. Solo leo muchos mapas. Y aprieto botones.
—¿Eso es todo?
—Más o menos. Es una tripulación grande. Ellos son los que atan todos los cabos.
—¿Te gusta?
—Empecé como buzo —dijo, curioso, y no añadió nada más.
Cuando la camarera volvió, le deslizó un billete discretamente. Supuse por su reacción que la propina era generosa. Ella se quedó un instante más. Parecía genuinamente atraída por él. La observó mientras se alejaba con gracia por la sala.
—Allí no hay nada nuevo.
—¿Qué quieres decir?
—Estos cables han existido durante cientos de años. Ciento cincuenta, de hecho. No ha cambiado gran cosa. Bueno, ahora son de fibra óptica, pero en esencia es lo mismo: transportan las mismas cosas.
—¿Qué cosas?
—Noticias, supongo. Otros tiempos, otros lugares.
Había leído un poco sobre los primeros cables, tendidos en el siglo XIX por Cyrus Field y su equipo de empresarios neoyorquinos. Los barcos de vapor que iban y venían entre Irlanda y Terranova, desplegando el cable telegráfico a través del Atlántico. El Agamemnon. El Niagara. Pasando junto a icebergs. Envolviendo a sus muertos en muselina y dejándolos caer al mar. El implacable golpeteo del código Morse. Los hombres que acortaron el tiempo y la distancia con alambre de cobre y hierro. Los que creyeron en la idea perenne de «más rápido, más rápido, más rápido».
—La verdad es que a nadie le interesan mucho los cables en sí. —Giró su vaso y miró dentro—. En cierto modo, me gusta que así sea.
Comenzó a crecer en mí una inquietud: al final no iba a dejarme participar en la historia. Lo había negociado con la publicista, pero quizá Conway fuera lo suficientemente rebelde como para arruinar mis planes.
—Me gustaría pasar algo de tiempo en tu barco.
—No es exactamente mi barco —dijo—. Pero puedo llevarte al embarcadero mañana y enseñártelo todo. Podemos pasar el día allí. Caminar por la cubierta. Llevarte a la sala de máquinas. Enseñarte cómo van las cosas. Ensuciarte las manos con grasa.
—En realidad, estaba pensando en que me gustaría salir a navegar.
—¿Salir?
—A una reparación...
—No va a haber reparaciones por un tiempo, señor Fennell. Al menos eso espero. El Georges no se mueve. Es mejor cuando no se mueve.
No quería que me llamara «señor». Fue un gesto inusual por su parte: éramos del mismo país, uno del norte, otro del sur, sí, pero no había tanta diferencia de edad entre nosotros. Cogí un cubito de hielo de mi vaso de agua y me lo puse en la nuca.
—La publicista dijo...
—Una travesía —dijo, interrumpiéndome—. Una misión podría durar semanas, incluso meses.
—Lo sé.
Las gotas de agua helada se deslizaban por la curva de mi espalda.
—Pensaba que tal vez podríamos hacer una reparación en aguas poco profundas.
—Lo siento, no puedo crear una avería a demanda.
—Claro que no.
—Podría pasar cualquier cosa en cualquier momento —dijo—. O podría no pasar nada en mucho tiempo. Semanas. Incluso meses.
—Bueno, me interesa la espera.
—La espera —repitió, como si la palabra tuviera otro significado.
Más allá de la sala, la luz se extendía roja sobre el mar.
—Hay otro buque de reparación en Durban —dijo finalmente—. Puedo conseguir que embarques en él. De todas formas es más probable que suceda algo allí. El jefe de misión es de Angola. Y el capitán es argentino. Te caerá bien. Es un buen tipo. Y cuando pasa algo, la cosa va muy en serio. No me gustan las distracciones en el mar.
Levantó su vaso para brindar, como si me hubiera hecho un cumplido.
La camarera ya estaba de vuelta con nuestra segunda ronda. Conway deslizó otro billete en su mano. No fue algo descarado, ni un gesto de coqueteo; le salió natural, y parecía reforzar la sensación de distancia que lo rodeaba.
Ella se inclinó hacia él otra vez para darle las gracias, y su cadera rozó el respaldo de su silla. Habría jurado que él la conocía de algún sitio, pero, cuando se lo pregunté, pareció sinceramente desconcertado.
—Nunca vendría a un sitio así —dijo, mirando a su alrededor—. Bruselas lo ha organizado todo.
Pareció aliviado al saber que yo también odiaba el hotel, y mencionó un pequeño bar escondido en los muelles donde, según dijo, ningún momento se repetía jamás. Era una frase extraña, pensé, pero me atrajo. El bar tenía historia, dijo. Había sido un lugar de reunión para activistas durante décadas.
—La mayoría de los bares viven de la repetición burda —dijo.
No añadió nada más. Me dio la impresión de que era un lugar clandestino y de que quizá conociera a algunos de sus personajes: sin duda había algo en Conway que parecía estar enterrado en otro sitio.
—Deberíamos ir —dije.
—¿Ahora?
—¿Por qué no?
—Mi pareja y mis hijos se están preparando para ir a Londres.
La idea de que tuviera una vida fuera del barco me desestabilizó un poco. No había pensado en Conway como en alguien con una vida asentada. Para empezar, estaba, claro, su aparente juventud. Y una vida en el mar no excluye tener una familia, por supuesto, pero él parecía vivir al margen de esa idea.
—Por trabajo —dijo.
—¿A qué se dedica?
La luz se alargaba sobre el suelo del hotel. Hombres y mujeres se deslizaban como sombras por el vestíbulo, vestidos para los cócteles del atardecer. Más allá del patio vi un halcón en el aire que se lanzaba en picado tras su pareja.
—Es actriz —dijo—. Va a actuar en Inglaterra. El próximo mes representa una obra de Beckett.
Había muchos matices en lo que decía.
—Yo también estoy en el mundillo del teatro —le dije—. Bueno, quiero decir que he escrito algunas obras. Soy periodista, pero...
Me estaba poniendo nervioso, y daba demasiadas explicaciones. Pero Conway miraba más allá de mí, como si tratara de encajar las piezas dispersas: el hotel, el cielo, los pájaros.
Los huéspedes avanzaban en grupo desde los ascensores hacia el patio trasero. Allí los recibían unos camareros que llevaban bandejas con copas de tallo largo y parecían estar actuando en su propia obra. Sentí lástima por ellos, pero, a decir verdad, he aprendido lo fácil que es ser condescendiente cuando no formas parte de algo. Ese parecía uno de los talentos espontáneos de Conway: fácilmente podría haberse levantado de nuestra mesa y haberse colado entre ellos, ayudándolos, como uno más del equipo.
—Deberías conocerla —dijo al final.
—¿Perdón?
—Quizá podrías escribir sobre ella.
—¿Tu pareja?
—Sí —dijo—. Para tu revista.
Me hizo cierta gracia que pudiera pensar que había venido hasta Sudáfrica para escribir sobre una actriz desconocida, pero por un momento se había abierto un poco conmigo, y vi un camino hacia mi artículo. No estaba dispuesto a rechazar ninguna oportunidad de permanecer en su órbita.
Le pregunté en qué obra de Beckett aparecía —asumí que sería No yo, tal vez, o Pisadas, o Los días felices—, pero o no me escuchó o decidió ignorarme. Estaba evidentemente entusiasmado con su idea. Se levantó y cubrió su móvil con tapa con la mano mientras hablaba con ella. No parecía una tarea fácil. Se alejó otro paso de la mesa, tamborileando los dedos contra un pilar blanco. Me sorprendió verlo alterarse tan rápido. Estaba a punto de decirle que no se preocupara, que no pasaba nada, que no quería quitarle más tiempo y que volvería a verlo en cuanto hubiera una rotura submarina, pero entonces cubrió el micrófono con la mano:
—Dice que vayamos.
Al pasar bajo el arco de la salida, las sombras lo envolvieron.
*
Traducción de Marina Perezagua
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