Empieza a leer 'Últimos especímenes antes de la extinción' de Maria Reva
Prólogo
En las ciudades, los edificios aún se mantenían en pie. Algunos eran nuevos o estaban recién reformados, otros se veían deteriorados, pero seguían siendo funcionales, con sus suelos, sus paredes, sus techos. Cuando alguien abría un grifo, el agua manaba de él. Un simple clic en un interruptor y la luz inundaba las estancias. Los parques también seguían intactos, la hierba se extendía sin interrupción. Los habitantes vivían y morían en equilibrio. Los animales también vivían y morían en equilibrio, la mayoría dentro de los edificios; los que deambulaban por las calles en busca de sus dueños eran pocos. Más allá de las ciudades, los campos. Amarillos y pardos, salpicados de casas de labranza, surcados por zanjas de riego. Y más allá de los campos, el cielo. Un azul recio, sólido, como un techo recién pintado. De él apenas caía nada, algún pájaro, si acaso. Una vez cayó un fragmento de cometa y su estela dejó sin aliento a quienes presenciaron, aterrorizados, aquel fogonazo de luz. Pero cuando todo terminó, aplaudieron el milagro.
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Anastasia, así se hacía llamar la chica. Dolorosamente joven; demasiado, pensó Yeva, para participar en estos tours románticos. Yeva debía de estar aguantando la chapa de algún pretendiente cuando se dio cuenta de que la muchacha, en el extremo opuesto del salón de banquetes o de la cubierta de algún yate, no dejaba de observarla, con su rostro redondo y vacío apuntando hacia ella como una antena parabólica. Ese rostro, hasta entonces inexpresivo y apagado como si se hubiera desconectado del mundo hacía tiempo, se crispó, intentó guiñar un ojo, enviarle una señal, aprovechando que su intermediaria le había aflojado un poco la correa. ¡Ayuda! Quizá la chica era víctima de trata, cualquiera sabe. Una vez, incluso siguió a Yeva hasta el aparcamiento y se quedó mirando cómo se subía a la autocaravana. Lo más probable es que la joven quisiera subirse también, huir a algún lugar seguro antes de que su «intérprete» le diese alcance, rápida y oficiosamente, y se la llevara de un tirón.
Se rumoreaba que la chica era beata. Por supuesto que lo era, pobrecita. Las religiosas eran las víctimas perfectas, acostumbradas a agachar la cabeza ante la amenaza de un ser superior. Años atrás, Yeva no habría dudado en rescatarla, pero ya estaba harta. Ya tenía suficientes inquietudes terrenales: la conservación de los moluscos, sus perspectivas románticas, los tanques rusos concentrándose en la frontera y su indignación porque nadie, excepto ella, creía que fuese a pasar nada. Según su familia, era muy alarmista. Siempre estaba poniendo el grito en el cielo por el colapso de tal o cual ecosistema, aguando todas las fiestas, arruinando, en nombre de cuatro tortuguitas de río, el lanzamiento de globos de helio sobre el Dniéper en los eventos que organizaba la agencia matrimonial... En fin. Nada de eso importaba ya. La propia Yeva estaba harta de Yeva.
¿Cómo acabó en lo de los tours románticos? Una rubia de ojos azules se le acercó en una gasolinera mientras repostaba el laboratorio móvil. La mujer parecía haber surgido de la nada. Ocurrió en las polvorientas afueras de algún pueblo perdido, tras otra expedición (esta vez concluida con éxito: había encontrado dos raros ejemplares de gasterópodos, últimos especímenes antes de la extinción). Mientras Yeva observaba cómo subían los números en el surtidor de diésel —su depósito tardaba una eternidad en llenarse—, la mujer empezó a hablarle del tiempo. Luego le mencionó no sé qué de una «oportunidad» para conseguir fotos profesionales gratis.
Cuando Yeva preguntó para qué demonios necesitaba ella fotos de estudio, la desconocida pareció sorprenderse, como si acabase de rechazar el número premiado de la lotería, pero no tardó en volver a la carga.
—Disculpe, espero que no le moleste que se lo diga —susurró la rubia con voz conspirativa (cosa que, sin duda, también formaba parte del guion)—, pero creo que podría ser modelo.
¿Había sido su propia familia la que había enviado a esa mujer? ¿Se trataba de un último intento desesperado por encontrarle marido? ¿Habrían caído tan bajo como para enviar fotos suyas a cualquier pretendiente mínimamente aceptable?
Cuando el surtidor se detuvo con un clic, Yeva sacó la tarjeta de crédito de la ranura («pago autorizado», vio con alivio) y comenzó la habitual revisión del laboratorio móvil. Algún imbécil había escrito caramelos gratis en la parte blanca de uno de los laterales. Tras maldecir por lo bajo al grafitero, continuó con la inspección del vehículo, y mientras se arrodillaba junto a una de las ruedas delanteras —ya se había olvidado de la mujer—, una voz estridente le preguntó:
—Bonita autocaravana. ¿Está de vacaciones?
Yeva vio cómo la extraña de tacones altos espiaba los montones de ropa desparramados sobre el asiento del conductor, el saco de dormir arrugado, la férula dental, amarillenta y babeada, sobre el salpicadero. El rostro de la mujer se tiñó de lástima al ver la vida errante que llevaba.
Entonces le habló de una fiesta que había esa noche en el hotel del pueblo. ¿Le apetecía ir?
Yeva se subió al vehículo, estaba a punto de cerrarle la puerta en las narices.
—Entrada gratuita para chicas. Hay una rifa de mil dólares. Dólares estadounidenses —aclaró la rubia.
Aquel sábado por la noche fue la primera vez que Yeva ganó algo en su vida. Se quedó hasta el final de la fiesta esperando a que anunciasen al ganador —a las dos de la madrugada— y apurando copas gratis de vino rosado en una mesa del fondo, mientras más rubias de ojos azules, embutidas en vestidos ajustados y tacones de aguja, se contoneaban al ritmo machacón de la música. El hotel: decididamente mediocre y sin complejos, con una moqueta desvaída estampada de coronas y las letras vip. El vino sabía a reflujo ácido; por aquel entonces, en aquella época dorada, Yeva aún estaba llena de esperanza y le importaba a qué sabía el alcohol. Había algunos hombres, extranjeros vestidos como si acabasen de salir de un partido de béisbol, acompañados de intérpretes. Pese al estruendo de los altavoces, algunos intentaron hablar con ella. Sus intérpretes gesticulaban, animándola a seguirlos a un lugar más tranquilo: ¿A un fotomatón? ¿Fuera? ¿A cualquier lugar apartado de esos altavoces? Pero Yeva permaneció en su sitio, rehuyendo sus propuestas —¿un after de diplomáticos? ¿Un retiro corporativo?—, con los ojos clavados en el móvil por si saltaba alguna alarma del laboratorio, hasta que por fin el salón enmudeció y una señora mayor con un traje pantalón celeste se plantó tras un inestable atril, se presentó con un nombre que sonaba a antiguo —Efrosinia— y empezó a cantar los números de la rifa.
Antes de los tours románticos, Yeva dependía de subvenciones estatales y de varias ONG, cuyo número se había reducido en los últimos años. ¿Quién querría financiar una investigación sobre especies funcionalmente extintas? La gente como Yeva nunca era la estrella de las cumbres medioambientales ni de las galas benéficas. Ella libraba batallas perdidas de antemano, otra especie más que se iba por el sumidero. Los donantes solo querían financiar a los ganadores.
Aquella noche, con el dinero de la rifa en las manos, Yeva se sintió ganadora por primera vez en su vida. Más tarde sospechó que el sorteo estaba amañado a favor de las recién llegadas para engancharlas a más fiestas extrañas; en cualquier caso, ese dinero le iba muy bien en ese momento. Y mil dólares daban para mucho: un nuevo sistema de filtración y nebulización por etapas, iluminación de espectro completo con atenuación automática, una cámara de higienización para suelos (de segunda mano, pero útil), terrarios con musgo vivo para crear un ambiente más realista...
Pronto empezó a tener citas con los extranjeros. El trabajo —aunque nunca lo admitiría ante las intérpretes, que eran unas quejicas— le resultaba sencillo. No tardó en comprender que la agencia matrimonial no esperaba que acabara casándose con ninguno de los hombres que traían de Occidente. Bueno, algunas mujeres sí buscaban el amor («las agujas», así las llamaban de forma extraoficial), pero luego estaban todas las demás, la paja dorada, cuyo único objetivo era animar las fiestas, presentarse a una o dos citas y mantener alto el índice de novias por pretendiente. A Yeva no le molestaba ser el cebo reluciente de la agencia, ver su foto de perfil estampada por toda la web. Por ella, que viniesen todos los hombres que quisieran a buscar la aguja en el pajar. La caza debía formar parte de la emoción, pensaba, es lo que hacía que algunos pretendientes regresaran tour tras tour. Mientras tanto, mujeres como Yeva —apodadas «las novias»— también podían repetir todas las veces que quisieran, ganar un dinero considerable, y todo sin saltarse ninguna regla. De hecho, la agencia fomentaba esa práctica: cualquier regalo encargado por los pretendientes a través de sus oficinas —un abono al gimnasio, un curso de cocina, una pulsera con adornos personalizados— podía canjearse más tarde por efectivo. Los únicos ingresos que estaban garantizados eran la mitad de los honorarios de las intérpretes, que debían compartir con las novias después de cada cita (no sin un suspiro condescendiente por parte de las primeras, como si fueran ellas las que hiciesen todo el trabajo). Incluso si las novias hablaban inglés, como Yeva y muchas otras, a los pretendientes no se les permitía conversar directamente con ellas sin la presencia de estas intermediarias. Las apps de traducción en los móviles también estaban prohibidas. ¿Qué puede haber menos romántico que una dama y un caballero con los ojos pegados al teléfono durante una cita? Estas aplicaciones drenaban el misterio del amor transnacional, se lamentaban Efrosinia y sus ayudantes. Yeva había oído hablar de novias que no se conformaban con recibir y canjear regalos, que estafaban a los hombres llevándolos a restaurantes de precios abusivos —comisión bajo cuerda mediante— o instándolos a costear intervenciones médicas falsas. Pero, en su opinión, aquello no merecía el esfuerzo ni el riesgo. A ella le bastaba con presentarse, cita tras cita, y echar las horas convenidas como en cualquier otro trabajo.
Yeva no tardó en renovar por completo su laboratorio. Un nuevo baño de descontaminación para los alimentos que entraban en el vehículo, un generador auxiliar, un panel solar para los meses de verano, un software actualizado que enviaba avisos al móvil cada vez que la humedad, la temperatura o la iluminación superaban los valores tolerables (o caían por debajo de estos). Viajaba por todo el país en busca de supervivientes con la tranquilidad de que, cuando se le agotasen los fondos, podía acercarse a alguna de las ciudades y pueblos incluidos en los tours románticos y recuperar liquidez. Ya podía prescindir de los trámites burocráticos que tantas horas de trabajo le habían robado, ya no tenía que esperar subvenciones irrisorias mientras las especies se escurrían entre sus dedos como arena.
(Tendría que haber sido más prudente, lo sabía. Haber esperado a contar con los fondos para poner en marcha un laboratorio de cría en cautividad con personal propio, un refugio estable para las poblaciones de gasterópodos, mientras ella se ocupaba de las evacuaciones. Tendría que haber pasado por el lento engranaje de la burocracia: solicitar subvenciones, colaborar con laboratorios universitarios, lidiar con todo el politiqueo y andarse con pies de plomo ante los egos de los investigadores veteranos, muchos de los cuales seguían anclados en una taxonomía soviética obsoleta que ni siquiera reconocía a algunas de las especies más amenazadas. Pero no había tiempo que perder, así que tuvo que ir por libre, llevando a cuestas su propio laboratorio.)
El mayor reto para Yeva durante sus citas con los pretendientes era el móvil. Los incesantes avisos y alarmas sacaban de quicio a las intérpretes y atraían miradas de reproche de las encargadas durante los actos sociales, pero Yeva estaba convencida de que aquellas interrupciones la hacían parecer deseable ante los hombres. Como si tuviese una vida social muy rica, incontables amigos tirando de ella en todas direcciones, pretendientes llamando a su puerta. O al menos es lo que ella quería creer. Cada vez que tenía que salir corriendo en mitad de una cita para ajustar los niveles de humedad en el laboratorio o abrir otra ventilación, se inventaba cualquier excusa. Una llamada de trabajo de algún empleo normal, de esos que tendría una persona normal. Una prima que necesitaba consejo en asuntos sentimentales. Un bebé: ¡su propio bebé! (esta última era la medida más drástica: una manera de dar por finiquitada no solo la cita de esa noche, sino también la posibilidad de cualquier cita futura). Los pretendientes jamás habrían sospechado qué era lo que la apartaba de ellos: las necesidades insaciables de doscientos setenta y seis caracoles.
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Traducción de Francisco González López
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