Empieza a leer 'La carne' de David Szalay
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A los quince años, se muda con su madre a otro pueblo y empieza en otro colegio. No es una edad fácil para hacer algo así; el orden social del colegio ya está bien establecido y le cuesta hacer amigos. Pasado un tiempo hace un amigo, otro individuo solitario. A veces quedan después de clase en el nuevo centro comercial al estilo de Occidente que acaban de abrir en el pueblo.
—¿Lo has hecho alguna vez? —le pregunta su amigo.
—No —dice István.
—Yo tampoco —dice su amigo, y en cierto modo eso facilita la confesión.
Tiene una forma sencilla y natural de hablar de sexo. Le dice a István con qué chicas del colegio fantasea, y qué fantasea hacer con ellas. Dice que a veces se masturba cuatro o cinco veces al día, e István se siente un incompetente ya que por lo general él lo hace una o dos veces. Cuando lo confiesa, su amigo dice:
—Seguro que tienes el impulso sexual bajo.
Puede que sea verdad, que él sepa.
No sabe cómo es para otra gente.
Solo tiene su experiencia personal.
Un día su amigo le dice que lo ha hecho con una chica que vive al otro lado de las vías del tren.
La noticia es desconcertante.
István escucha mientras su amigo describe, con bastante detalle, cómo fue. Intenta descifrar si su amigo dice la verdad o si miente. Aunque preferiría que fuese mentira, piensa que es probable que esté diciendo la verdad. Algunas de las cosas que dice le parecen demasiado específicas, demasiado sorprendentes, como para que se las haya inventado.
Luego, unos días más tarde, dice que ha hablado con ella y que la chica ha dicho que también lo haría con István.
—¿En serio? —dice István.
—Sí —dice su amigo.
István no sabe si eso significa que van a hacerlo los tres juntos o si va a hacerlo él solo con la chica.
Es demasiado inseguro como para preguntar.
Ese mismo día, después de clase, cruzan las vías del tren por la pasarela.
Ya está anocheciendo.
Bajan los escalones metálicos del otro extremo de la pasarela y caminan un rato hasta que llegan a unos bloques de pisos. No son muy distintos de los bloques en los que vive István con su madre, pero aquí los edificios, aunque también están hechos con planchas de hormigón prefabricadas, son más altos. En el portal de uno de ellos, su amigo introduce en el telefonillo el código de uno de los pisos.
Unos segundos después, sin que nadie diga nada, la puerta se abre y su amigo la empuja con el hombro.
El ascensor huele a humo de cigarrillo.
István mira la formica imitación a madera del interior mientras suben.
Suben muy despacio, entre continuos crujidos y un fuerte tictac cuando pasan cada piso.
—¿Estás bien? —le pregunta su amigo.
—Claro —dice István.
—Tienes cara de miedo —dice su amigo.
—No —dice István.
Salen del ascensor en uno de los últimos pisos y su amigo llama con el nudillo a una de las puertas. Abre una chica más o menos de su edad.
—Hola —dice.
—Hola —dice el amigo de István.
La chica se aparta para dejarlos pasar al recibidor.
—Este es mi amigo —dice el amigo de István—. Ya sabes. Ese del que te hablé.
—Vale —dice la chica.
Ella e István se miran unos instantes.
—¿Vale? —dice el amigo de István.
—Sí —dice la chica.
Los tres se quedan ahí de pie sin más.
La chica mira otra vez a István.
Él no la mira.
—Vale —dice el amigo de István.
—¿Quieres esperar ahí? —le dice la chica, señalando una puerta.
—Vale sí —dice el amigo de István.
Es posible que se haya llevado una decepción, igual no sabía bien si iban a hacerlo los tres juntos o no, y había tenido más o menos la esperanza de que sí.
István enciende un cigarrillo, la llama del mechero sale después de varios intentos.
Su amigo lo mira a los ojos un segundo y sonríe.
István ni siquiera intenta devolverle la sonrisa. Siente algo parecido al pánico.
Sigue a la chica por un pequeño pasillo a oscuras hasta una habitación al fondo.
La verdad es que no se fija en la habitación, salvo en que hay un montón de trastos, entre ellos algo que parece un animalillo enjaulado.
La chica se sienta en la cama que hay allí.
István se sienta en una silla.
—¿Cómo has dicho que te llamabas? —le pregunta la chica.
Se lo dice.
Ella le dice cómo se llama.
—¿Estás bien? —dice.
—Sí —dice él.
Hablan durante unos minutos. En realidad habla ella. También hay silencios largos, durante los cuales se oye el ruido que hace el animalillo al moverse en su jaula. La chica le pregunta de dónde es.
—¿Cómo es? —le pregunta cuando István se lo dice.
—No está mal —dice.
Se quedan callados.
Ella enciende un cigarrillo, por hacer algo quizá.
Un rato después, sin mediar palabra, la chica se levanta y se va.
Pasados unos minutos la puerta se abre de nuevo.
István levanta la mirada y ve a su amigo.
Esperaba que fuese la chica.
—¿Qué ha pasado? —pregunta su amigo.
—¿A qué te refieres?
—¿Qué ha pasado? —pregunta otra vez su amigo.
—Nada.
—Quiere que te vayas —dice su amigo—. ¿Qué has hecho?
—Nada.
—¿Nada?
—Que sí.
Salen del piso y en el pasillo de fuera su amigo dice:
—Bueno nos vemos.
—¿Tú no vienes? —le pregunta István.
—Es que quiere que vuelva —dice su amigo.
—¿Sí?
Su amigo asiente.
—Nos vemos.
—Vale.
István baja solo en el ascensor sin entender del todo lo que ha pasado.
—Dijo que no eras sexy. Eso dijo.
Han pasado unos días y su amigo está explicándole lo que pasó.
István fuma.
Es horrible que te digan eso, que digan eso de ti, y aun así no sabe qué responder. Le parece que no hay respuesta posible.
—Dijo que no te vio muy dispuesto —dice su amigo.
—Estaba dispuesto —dice István.
—Pues ella dijo que no.
—Que sí.
Después de eso, nada vuelve a ser igual con su amigo.
Pasan menos tiempo juntos.
Su amigo empieza a quedar con otras personas.
István pasa más tiempo solo.
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Traducción de Ce Santiago
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