Empieza a leer 'Breve historia herética de la Música Clásica' de Alessandro Baricco

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En el principio era el misterio, y esto da un sentido a toda la historia. Los sonidos — eran un misterio. Brotaban de la naturaleza o eran otorgados por la naturaleza gracias al uso de la voz y de extraños instrumentos. Pero no se conocían del todo sus reglas, su origen, su funcionamiento. Eran invisibles, no se podían tocar, se desvanecían con irritante rapidez. Duendecillos del bosque. Fuegos fatuos. Ni siquiera estaba claro cuántos había y si cada uno de ellos era una individualidad precisa, a la que se le pudiera dar un nombre, o si todos ellos, juntos, serían la trama del manto de una divinidad, con sus pliegues, sus reflejos, sus costuras. Escribirlos, para que pudieran leerse uno a uno, debía de parecer una atrevida rareza.

No estamos hablando de la prehistoria. Para encontrar a alguien que pensara seriamente en dar un nombre a los sonidos y en ponerlos con cierto criterio sobre un papel legible, hay que remontarse a un monje benedictino del siglo XI. Por no hablar del clamoroso caso de los griegos. Estamos hablando de los griegos del siglo V, nuestros padres, el modelo que generó la cultura europea. Desconocían la polifonía. Solo contaban con dos instrumentos, que nunca se atrevieron a desarrollar. No les pareció que fuera urgente inventar un sistema para escribir los sonidos que usaban y fijarlos para poder transmitirlos. Toda la «música» que utilizaban en sus innumerables ritos, incluyendo las tragedias, se desvaneció en la nada, porque no pesaba nada. La primera brisa del tiempo se la llevó. Desde su esplendor, aquellos hombres nos miran absurdamente mudos, como víctimas de un hechizo.

No los asustaba el misterio del mundo — practicaban la filosofía— y, pese a ello, el misterio de los sonidos los paralizó.

 

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Por tanto, puede parecernos sorprendente — como de hecho lo es— que los humanos afligidos por semejante misterio consiguieran, en un tiempo relativamente corto, producir los madrigales de Gesualdo, la Quinta sinfonía de Beethoven, la Verklärte Nacht de Schönberg e incluso Le Sacre du Printemps (Stravinski). ¿Por qué camino llegaron allí, y a través de qué aventuras, proezas y errores? ¿Con el dinero de quién cubrieron esa enorme distancia? ¿Y utilizando qué mapas?

Una historia de la Música Clásica útil sería capaz de dar una respuesta a estas preguntas, y lo haría sin conformarse con lo que nos hemos acostumbrado, con el tiempo, a considerar la versión oficial de este asunto. Por otra parte, si un narrador vuelve a contar una historia ya contada es evidentemente porque esa historia, mientras tanto, ha dejado pistas, códigos que han permanecido ocultos durante mucho tiempo y que exigen ser recogidos y sacados a la superficie. Ponerse a relatar, una vez más, desde el principio y con una nueva libertad, se convierte entonces en un gesto inevitable — tal vez incluso urgente.

 

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Esas elegantes figuritas oscuras — volviendo a los griegos—, que seguían la curvatura de sus jarrones de terracota, monocromáticas y de perfil, un día fueron desprendidas de allí para hacer con ellas bajorrelieves, estatuas, criaturas vestidas de luz o de colores encendidos. ¿Hasta qué punto les resultó arduo realizar semejante movimiento mental, y técnico, y estético? No podemos saberlo, pero el hecho es que lo hicieron, y esto está delante de nuestros ojos. No ocurre lo mismo con los sonidos. Tenían esas monodias — finas figuritas monocromas pintadas en sus ritos. Nunca las desprendieron de allí.

Este curioso fenómeno generó una anomalía que resulta muy importante para la historia que estamos relatando. Cuando, a partir del año Mil, la intelligentsia europea se recuperó de la conmoción que supuso la violenta caída del Imperio romano, se encontró en una vertiginosa confusión que hoy nos cuesta imaginar. Miraron a su alrededor en busca de algo sólido, a lo que poder aferrarse. Buscaban modelos y soñaban con un origen con el que retomar el contacto. Con el tiempo, ahondando bien en su pasado y su imaginación, encontraron la Grecia clásica, que en aquella época no estaba completamente desplegada delante de sus narices, sino que permanecía escondida entre los pliegues del olvido. En cierto sentido, se la inventaron, poco a poco. Una jugada visionaria que aún hoy seguimos practicando.

De hecho, los griegos le ofrecían una herencia muy valiosa a un hombre perdido: la ilusión que más tarde adoptó el nombre de «clásico». Es decir, un canon, un modelo, una medida, tal vez una perfección, con la cual se podía trazar luego un mapa de la belleza, del gusto, de la armonía. Fin del vértigo, principio de cierta posibilidad de orientación. Filósofos, pintores, arquitectos, escultores, poetas, dramaturgos tenían por fin una brújula en las manos y, por tanto, la libertad de cualquier viaje.

Los músicos no. Si por casualidad lo que uno hacía en el año Mil era manipular sonidos, se volvía hacia los griegos y esto es lo que obtenía: nada. Literalmente no existía un solo ejemplo de música que pudiera tocarse y estudiarse. El asunto generó una anomalía que nunca se recuerda lo suficiente: la gente de los sonidos tuvo que crearse por su cuenta una época clásica, porque no la habían encontrado ya hecha. Eran huérfanos, eran hermafroditas. Tuvieron que buscar en su interior un punto de equilibrio, un umbral de madurez, una idea de perfección. Triunfaron en esa empresa solo tras siglos de trabajo, entre mediados y finales del siglo xviii, en una zona geográfica muy acotada en el corazón de Europa, tal vez incluso en una sola ciudad, como sucedió, por otra parte, con Atenas. Hoy, cuando tantas cosas han sucedido ya, podemos añadir que para llegar hasta allí tuvieron que recorrer un largo camino, que solo se puede comprender si recordamos que eran niños geniales, pero sin padres. La hazaña de salir de esa confusión y alcanzar su propio centro clásico fue tan épica y difícil que dio nombre luego a toda la música que esos humanos, durante generaciones, habían producido y produjeron, primero persiguiendo y luego domando los sonidos.

Es un nombre que sigue vivo. Música Clásica.

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Traducción de Xavier González Rovira

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