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Empieza a leer 'Todos siguen aquí' de Liadan Ní Chuinn

VAMOS TODOS

 

1

A mis padres los asaltaron antes de que yo naciera. Justo dos noches antes. Me parece importante. No sé por qué. Salían de la ciudad por una carretera cada vez más estrecha, una en mal estado, cuando un coágulo de gente, con máscaras y barras de hierro, los obligó a pararse. Como mi padre iba al volante, fue él quien frenó.
          Los de la carretera gritaron: fuera del coche.
​          Mi padre dijo: Paula. (Eso fue lo único que dijo. No se le daba bien tranquilizar; cuando se murió el perro, se suponía que tenía que darnos la noticia con delicadeza, pero le preguntamos: ¿Cómo está?, y él dijo: Muerto.)
​          Los de las barras de hierro gritaron: fuera del puto coche.
​          Mi padre salió. Uno de ellos le quitó la cartera y revisó su documento de identidad. (Querían asegurarse de que solo asaltaban a católicos. En su carnet ponía Michael Madigan, así que se llevaron el coche.)
​          Los de las barras de hierro gritaron: ¿y esa qué coño hace?
​          Mi madre no había salido del coche. Estaba embarazadísima de mí. Llevaba el cinturón de seguridad muy prieto y no encontraba el cierre a oscuras. Respiraba de una forma espantosa. Tenía mucho miedo.
​          Mi madre quizá dijera: Michael, o quizá: Estoy atrapada. No dijo nada que pudiera oírse. Los hombres enmascarados se acercaron. Reventaron el parabrisas.
​          Mi madre no gritó, pero las esquirlas del cristal se le clavaron en la cara y el cuello. Pensó que a lo mejor nunca podría volver a moverse, aunque al final el cinturón de seguridad cedió y mi madre se desplazó como si se estuviera derritiendo. Mi padre se la llevó al arcén. Se quedaron junto al arbusto donde crecen las moras y se desangran los tejones, y los tipos de las barras de hierro se largaron en el coche. Mis padres se quedaron allí, a oscuras. Era una noche muy fría. Aún no existían los móviles, pero mi madre no quiso parar en ninguna casa para usar un teléfono fijo. Estaba demasiado asustada.
​          Yo nací dos noches después. En las fotos salgo de color rosa, Michael Madigan sonríe y mi madre tiene cortes por toda la piel, ya son costras, algo como coordenadas/pecas.
​          Fue mi padre quien nos contó lo del asalto. Dijo que se debió a las tensiones de aquel entonces: la Orden de Orange quería desfilar por comunidades en las que no era bienvenida. Mi padre había decidido que ese era el motivo debido a la época/el lugar/el objetivo de los salteadores. Mi madre jamás lo mencionó. De ser por ella, nunca nos habríamos enterado. Solo sé lo que me contó mi padre. (Murió cuando nosotros empezábamos a ser personas: Bernie tenía ocho años, y yo, doce.) Yo digo que mi madre estaba asustada, allí atrapada en el coche. Digo que pensó que nunca podría volver a moverse. Pero en realidad no lo sé. Porque ella nunca me lo contó.
​          Veo ese asalto por todas partes. Me parece importante. No sé por qué. Lo percibo en algunas cosas, como si aún no hubiese terminado. Lo percibo en las normas que ella tiene. Lo veo en la forma en que vivimos. Lo veo en lo que ella considera progresista. Dice que nunca nos habría puesto nombres irlandeses. Tampoco nos deja llevar cosas de la Asociación Atlética Gaélica si vamos al centro. No sé cómo explicarlo. Lo veo en ella. Bernie habla de los veintiséis condados y los seis, pero mi madre dice el Sur para referirse a la República de Irlanda, para referirse al Estado Libre, para referirse (según donde nos encontremos exactamente) a cualquier lugar de cualquier punto cardinal: este, sur, norte, oeste. (Nos molesta a los dos, pero Bernie es más directa. Le dice: ¡Eres una particionista, Paula!)
​          Lo percibo en la forma en que mi madre quiere a Bernie (ferviente, sin complicaciones) y en la forma en que me ve a mí (guardando las distancias).
​          Mi madre es distante. Dice, por encima del ruido de la tele: ¿Adónde dices que vas, Jackie? Dice, me pregunta mientras dan anuncios: Jackie, ¿tienes novia?, y se queda esperando la respuesta porque no lo sabe/no se ha dado cuenta/ no se entera.
​          No creo que me culpe. Sería una estupidez. Pero a veces me lo planteo. Me parece importante. Si no hubiese estado embarazada, habría podido salir del coche. Los cristales no la habrían cortado. No habría sangrado. Si no hubiese estado embarazada, no se habría quedado atrapada sola a oscuras mientras los hombres enmascarados se acercaban. No habría visto a Michael Madigan salir del coche y dejarla dentro. No se habría quedado plantada en el arcén con los pies hinchados, muerta de frío. Yo estaba en su vientre. Casi había nacido.
​          He intentado contárselo a Bernie. No le importa. Me dice: Joder, Jackie. Me dice: No puedes psicoanalizarlo todo. Me dice: Es por decir esas cosas que no apruebas el examen de conducir.
​          Bernie no me odia por eso, pero ella no estaba allí.

 

2

Nos dan unas charlas bajo el título de «Limpieza y mantenimiento». Hay muchas reglas. No es fácil encontrar el camino al Departamento de Anatomía porque la universidad quiere que esté escondido: alguna vez han intentado robar huesos.
​          No sé si me caen bien mis compañeros. Dejo que lo que dicen me resbale hasta que pueda decidir. Nos sentamos apretujados. Hay cientos de ordenadores portátiles.
​          El profesor pasa una presentación en PowerPoint con fotos de diferentes herramientas/instrumentos: pinzas, tijeras quirúrgicas, bisturís en una bandeja de acero. Los colores se diluyen al pasar por el proyector. En cada diapositiva hay un encabezado con el nombre completo del profesor y la larga retahíla de sus ocho títulos académicos.
​          El profesor habla de la importancia de Anatomía. Nos muestra bocetos del cuaderno de Da Vinci. Nos dice que son cruciales; nos dice que son fundamentales. (Vi los bocetos de Da Vinci en el museo. Eran espantosos: dibujaba a los gitanos como si fueran depredadores, como ladrones. Deseé que alguien dijera que esas imágenes, reproducidas en papel grueso y enmarcadas, eran terribles.) El profesor dice que lo más importante es el respeto. El profesor dice que, si faltamos a una clase, se nos sancionará; que tendrá consecuencias graves, potencialmente devastadoras, para nuestra carrera; que lo que veremos en las sesiones es muy amplio; que una vez expulsó a un alumno por presentarse a la clase de disección mascando chicle.
​          Es entonces cuando la persona que tengo al lado me da un codazo. La chica que está al final de nuestra fila sonríe y, cuando todos nos hemos vuelto hacia ella como girasoles, hace un globo de chicle rosa cubierto de saliva.
​          A los demás les parece buenísimo. Me avergüenza tanto estar con gente que lo encuentra divertido que empiezo a sudar. Se marchan todos muy despacio después de la clase, en grupo, haciendo planes. No quiero que me caigan mal tan pronto (es la segunda semana).
​          Voy andando a casa.
​          Llego mucho antes de que Bernie vuelva de clase.
​          Pongo la tele. No me importa quién esté hablando.
​          Me aburro.
​          Me conecto al Portal del Estudiante. Hay vídeos que tenemos que ver para las clases de disección. El profesor dijo que se denegaría la asistencia a cualquiera que no los hubiera visto, que el Portal del Estudiante compartía esa información. (Bernie diría: un Estado de vigilancia.) La carpeta se llama Anatomía. Los vídeos duran tres minutos cada uno. Los han filmado en plano sobre el hombro. Creo que solo dos personas han participado en su producción: las manos de la cámara y las manos del bisturí. Tres personas, me corrijo. Tres personas. Las manos cortarán la piel de la tercera.
​          Las pálidas manos dan la vuelta al bisturí; una voz en off define y explica ciertas características. Después, las manos y el bisturí se mueven hacia la superficie plana que tienen debajo, se acercan, mientras la cámara capta las pecas y los folículos pilosos: la superficie es piel. El bisturí la corta como si fuese jabón; unas pinzas sustituyen al bisturí para retirar una primera y fina capa de epidermis.
​          No quiero distraerme, pero el vídeo es lento e irreal. Hay reflejos por toda la pantalla del ordenador, huellas dactilares y las marcas que ha dejado mi madre intentando limpiarlas.
​          Miro el móvil (la primera señal de Falta de Respeto).
​          Mi madre ha mandado un vídeo al grupo. Nos reenvía a Bernie y a mí cosas que le llegan por WhatsApp. Arriba siempre aparece la advertencia: reenviado muchas veces. Equivale a aquellas cadenas de correo que recibíamos Bernie y yo de pequeños: fotos/animaciones/historias que se reenviaban una y otra vez. Recuerdo cadenas con sustos, con oraciones, con faltas de ortografía, larguísimas: si no envías esto a quince personas, cuando despiertes el payaso asesino estará en tu cama.
​          Fue entonces cuando murió Michael Madigan. No hay ninguna relación entre ambos hechos; solo era la misma época. Bernie y yo nos sentábamos frente al ordenador, empujando atrás el respaldo de la silla giratoria, y mi madre se sentaba en el sofá para cuidar de Michael Madigan. Así fue como sucedió. Nosotros discutíamos delante del ordenador y en otro lugar de la casa se oía el ruido de la ducha, los sonidos imprecisos de mi madre aseando a Michael Madigan, el sonido del agua y del desagüe y de un extractor lento y ruidoso, el aire húmedo y suave, cálido y translúcido, que escapaba del baño. Nuestra madre lo traía de vuelta a la sala donde estaba la tele, empujando su silla de ruedas con cuidado. Ponía una película (Jungla de cristal/La jungla 4.0/La jungla: un buen día para morir), bajaba las persianas, colocaba una toalla, le cortaba las uñas cuando estaban blandas y maleables y le empujaba las cutículas hacia abajo. Le preparaba una loción exfoliante con aceite de coco y azúcar moreno grueso, le sumergía los pies en un recipiente con agua tibia (la palangana de las vomitonas) y le frotaba con una mano enfundada en un guante exfoliante rosa hasta que las piernas desnudas de Michael Madigan quedaban cubiertas de rollos de piel muerta. Le secaba las piernas con cuidado y se las untaba con otra loción que olía a flores de fábrica. Le afeitaba la barba y le cortaba los pelos de las orejas con unas tijeras pequeñas y curvas. Ahora nos oiría cuando le hablásemos. Le ponía una manta sobre las rodillas. Se sentaban en el sofá, frente al televisor; Bernie y yo nos sentábamos detrás, frente al ordenador. No sé. Así fue como pasó. Había analgésicos. Había infección. Había jeringas/alarmas/enfermeras que decían: Nunca he visto nada igual. Era…, había… Después conocí todos esos colores: marrón orina, negro saliva, amarillo vómito, rojo sangre. Todos esos trocitos. Todas esas manchas. Bultos. Una columna vertebral doblada, unos hombros encorvados. Michael Madigan necesitaba un ciclo tras otro de antibióticos intravenosos y mi madre nos consideraba demasiado pequeños para dejarnos solos en casa, así que íbamos todos en coche al hospital y luego ella empujaba la silla de ruedas. Mi madre se sentaba a su lado en el sofá, nosotros enfrente, y le contaba lo que nos había dicho Bernie, que estaba en casa de una amiga medio viendo Titanic y que, justo cuando el barco empezaba a hundirse, le había comentado a la madre de su amiga: Esto me da mala espina. Qué graciosa, habían dicho. Habían llorado de la risa. Bernie y yo la escuchábamos. Michael Madigan llevaba una bata de felpa y unas zapatillas desechables en los pies. Nuestra madre le contó lo que había dicho Bernie. Se lo repitió.
​          Michael Madigan perdió grasa en partes donde yo ni siquiera sabía que la hubiese. Cuando la tía Shauna finalmente parió a sus bebés, aquellas cosas chiquititas vestidas de rosa, todo el mundo decía: Pordiós, qué pequeñas son; y que parecía imposible que todos hubiéramos sido alguna vez así de pequeños, que todos hubiésemos crecido a partir de algo tan diminuto. Pero eso fue lo que pasó, Michael Madigan adelgazó tanto que de pronto ya no parecía imposible. De haberlo doblado y empaquetado, habría tenido el mismo tamaño que esos bebés: prematuro, inacabado.
​          La carne se esfumó de las muñecas, las manos y los dedos de Michael Madigan hasta que la alianza le resbaló del dedo. Es otra infección, dijo la enfermera. Es peligrosa. Todo es peligroso. Pero no había nada que hacer. Michael Madigan no podía hablar. Nadie podía ayudar. Mi madre estaba allí todo el tiempo, cuidándolo. Le acariciaba la cara.
​          Jackie, dice Bernie.
​          Doy un respingo.
​          Te has dejado la puerta de la calle abierta, me dice. No abierta del todo, pero bueno.
​          Cierro la sesión del ordenador.
​          Va a la cocina y enciende la tostadora. Se apoya en la encimera con el móvil en la mano, esperando.
​          Le digo: ¿Te acuerdas de Ash?
​          No quiere levantar la vista, pero al final dice suspirando: ¿El perro?
​          También dice: ¿Por eso tienes esa cara?
​          Hace largas pausas entre frases.
​          Le digo: Estaba pensando en papá.
​          Bernie dice: ¿En Michael?
​          Bernie dice: ¿Por qué?
​          Unta la tostada. Solo come Flora. Pregunta: ¿Mañana también vas?
​          Sí. De nueve a cuatro.
​          Puaj.
​          Se tumba en el sofá y se come la tostada. Parece compadecerse de sí misma por tener que encontrarse con esto (yo) al volver a casa. Mira el móvil. No se levanta.
​          Mi madre llega más tarde. No tiene mal aspecto. Dice: Me comería una vaca entera, lo que significa que comerá tostadas, y luego: Parece que haya explotado una bomba aquí, Jack, mientras mira mi bolsa encima de la mesa y mis botas en el suelo. Se sienta en el sofá y le da un bocado a la tostada. Dice: Bernie, cariño, ¿alguna novedad?
​          Bernie empieza a contar algo sobre unos profesores. Llega al momento culminante de la gracia y mi madre se echa a reír.
​          Cuando hay una pausa, digo: Oye, este fin de semana iré a ver a la tía Shauna.
​          El ambiente cambia tan deprisa que se nota físicamente.
​          Bernie dice: ¿Por qué?
​          Mi madre se levanta. Se sacude las migas de la ropa de trabajo. Dice: Bien, Jackie, ahora ya eres mayor. Haz lo que quieras.
​          No quiero disgustarla. Pero así son las cosas.
​          Mi madre se va arriba.
​          Bernie me mira como si yo fuese un bicho raro.
​          ¿Qué?, le suelto.
​          Ella dice: ¿Qué haces?
​          Pero no quiere una respuesta, solo preguntarme.
​          Escuchamos el ruido que hace nuestra madre en la escalera, su paso firme. La escalera de esta casa es tan empinada que resulta peligrosa. Poco después de mudarse aquí, nuestra madre cayó por un tramo entero y se rompió las costillas. Las fracturas en las costillas no se curan como otras. Incluso ahora, a veces gime al moverse.
​          Cuando Michael se puso enfermo, ni siquiera podía subir por la escalera. Estaba confinado en la planta baja, como antes el perro. Mi madre le puso una cama junto al sofá y creo que ella tenía que dormir ahí abajo con él. No estoy seguro. Creo que no lo recuerdo todo.
​          Cuando éramos pequeños, nuestra madre nos decía que notaba algo en el rellano: una presencia, la de una persona que había vivido aquí. Decía que era amistosa y que no debíamos tenerle miedo. Yo nunca noté nada. Bernie decía que ella sí, pero con eso solo se refería a que estaba asustada. Nadie volvió a mencionarlo tras la muerte de mi padre. Los fantasmas solo son interesantes si no tienes uno propio.

 

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Traducción de Magdalena Palmer

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